Messor barbarus | Comprar y cuidados | Antomas
Messor barbarus | Comprar y cuidados | Antomas

Messor barbarus - Hormiga Recolectora

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Granjeras, ingenieras y guerreras. La Hormiga Recolectora levanta imperios de miles de obreras sobre graneros subterráneos: recoge semillas por autopistas de hasta 30 metros, les corta la raíz para que no germinen y las saca a secar al sol. Sus majors de cabeza roja trituran el grano con mandíbulas de molino y, cuando un intruso pisa su territorio, la colonia entera se lanza al combate. Obreras mestizas de dos linajes ocultos, reinas puras, y la hormiga con la que se demostró por primera vez la brújula solar. La especie perfecta para empezar, con una reina que puede acompañarte durante décadas. Colonias y reinas, también Shiny Red, de un rojo intenso. Envío a toda Europa, llegada viva garantizada.

Colonia

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Dificultad: 1/5 – Principiante

La hormiga recolectora del Mediterráneo occidental: guarda semillas en graneros, cría majors de cabeza roja y defiende su territorio con fiereza. Colonias y reinas solas, también Shiny Red. Nido Qbik de galerías medianas con zona húmeda y granero seco, semillas y proteína abundantes, y diapausa de unos 5 meses (noviembre–marzo) por debajo de unos 20 °C.

Messor barbarus (Linnaeus, 1767) es la hormiga recolectora por excelencia del Mediterráneo occidental: la de las largas columnas negras que cruzan los caminos de tierra cargadas de semillas, la de los montoncitos de cascarillas alrededor de la entrada del nido, la de los soldados de cabeza roja. Vive en la península ibérica, el sur de Francia y el norte de África, y las citas antiguas de los Balcanes, Turquía o Irán se consideran hoy erróneas o dudosas. Es una hormiga de suelos abiertos y secos: pastizales, eriales, lindes, cunetas, matorral pedregoso y campos de cereal, donde es la hormiga más común.

No es una hormiga cualquiera dentro de su género. Cuando el mirmecólogo suizo Auguste Forel describió Messor en 1890, entonces como subgénero, lo hizo a partir de esta especie: es, en cierto modo, la Messor original. En el siglo XIX se la conocía como Atta barbara, y con ese nombre la estudiaron los primeros naturalistas que se asombraron de sus graneros. Hoy es la especie de forrajeo en grupo más estudiada de todo el género, y detrás de su aspecto de hormiga «de toda la vida» esconde una genética insólita, una brújula solar con historia y una forma de almacenar semillas que ya llamaba la atención en la Antigüedad.

Su nombre lo dice todo: messor significa «segador» en latín. Es granívora: más del 90 % de lo que recolecta son semillas. Pero no te dejes engañar por su dieta: es también una hormiga territorial y guerrera, que defiende su terreno con una ferocidad que sorprende a quien la cría por primera vez.

Dentro de un gran imperio de Messor: cría, graneros y guerras, en un vídeo de Anthouse.

Biología

Obreras mestizas, reinas puras: la genética más extraña de la península

En la mayoría de las hormigas, que una larva hembra acabe siendo obrera o reina depende de cómo la alimenten. En M. barbarus, no: depende sobre todo de quién sea su padre. En 2016, un equipo europeo analizó la genética de colonias de Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura y el Algarve, y descubrió que en la península conviven dos linajes genéticos crípticos de la especie, idénticos a simple vista, que llamaron Mbar1 y Mbar2. Se separaron hace entre 1,4 y 2,5 millones de años y comparten territorio en lugares como Sorbas (Almería), Baúl (Granada) o Aljezur (Portugal).

Lo asombroso es cómo se reparten las castas: todas las obreras son híbridas de los dos linajes, mientras que las reinas nacen siempre de cruces dentro de un mismo linaje. Es lo que los especialistas llaman hibridogénesis social: la reina usa el esperma de los machos de su propio linaje para criar princesas y el de los machos del otro linaje para criar obreras. Encaja con que cada reina se aparee con varios machos, unos 2,4 de media. El sistema se ha confirmado en otras Messor, como M. structor y M. ebeninus, aunque no en todas.

Tiene una consecuencia curiosa: una reina que solo se haya apareado con machos de su propio linaje no puede producir obreras. Los autores calculan que, si el apareamiento fuera al azar, cerca del 13 % de las reinas no se aparearía con los dos linajes. Es una hipótesis nuestra, no comprobada, pero podría explicar por qué algunas reinas recién capturadas, aparentemente sanas, nunca llegan a sacar adelante una colonia.

Y aún hay algo más extraño en la familia. Su prima M. ibericus, del grupo de M. structor, ha llevado el sistema al extremo: sus reinas necesitan el esperma de los machos de M. structor, una especie distinta, para producir obreras, y para no depender de encontrarlos clonan machos de esa otra especie, separada de la suya desde hace más de 5 millones de años. Los autores, que lo publicaron en Nature en 2025, llamaron a este modo de reproducción «xenoparidad».

La hormiga del espejo: la primera prueba de la brújula solar

Hoy sabemos que muchas hormigas se orientan por el sol, pero alguien tuvo que demostrarlo por primera vez. Fue el médico y mirmecólogo suizo Félix Santschi, en 1911, y lo hizo con M. barbarus. Su experimento es un clásico: tapaba el sol a las obreras que volvían al nido y, con un espejo, les hacía ver su reflejo en el lado contrario del cielo. Las hormigas daban media vuelta y caminaban en la dirección opuesta, como si el sol se hubiera cambiado de sitio. Fue el primer experimento de orientación celeste en hormigas, el punto de partida de más de un siglo de estudios sobre la navegación de los insectos.

Un siglo después, en tu hormiguero, sus descendientes siguen siendo grandes navegantes: en la zona de forrajeo enseguida trazan sus rutas y las recorren en fila, de ida y vuelta, entre el nido y la comida.

Autopistas de hasta 30 metros que barren incluso en invierno

Lo más llamativo de una colonia de M. barbarus en el campo son sus sendas troncales: caminos permanentes, de 1 a 30 m de largo y 10–20 cm de ancho, que salen de las entradas del nido y se ramifican hacia las zonas con más semillas. Las obreras los limpian de hierba y obstáculos y los mantienen incluso en invierno, cuando no se usan: son verdaderas infraestructuras, y en un rastrojo se ven a simple vista como líneas de tierra desnuda.

La red está muy bien pensada:

  • Varias entradas, varias sendas. Cada colonia tiene varias entradas, cada una con su senda, y en una población española un tercio de las colonias tenía, además, sendas que unían unas entradas con otras, para intercambiar información y alimento.
  • Una red que se adapta. Los extremos de las sendas buscan las manchas con más vegetación, y la colonia alterna dos estrategias, como un ejército: la de «guerrilla», con avances largos y poco ramificados para explorar, y la de «falange», con muchas ramas cortas para explotar a fondo una zona rica. Tras un buen año salen más ramas y enlaces cortos; tras uno malo, menos ramas y más largas.
  • Fronteras. Las sendas de colonias vecinas no se cruzan: reparten el terreno en territorios y se defienden frente a otras colonias (ver «No son cazadoras, pero…»).

Para reclutar a sus compañeras dejan un rastro químico. La feromona de rastro sale sobre todo de la glándula de Dufour, en el abdomen, mientras que la glándula del veneno se usa para la alarma y la defensa; y el reclutamiento se refuerza con estridulación, un sonido que producen frotando dos partes del cuerpo. En las sendas se ha descrito incluso un transporte por relevos: obreras pequeñas recogen cargas grandes para su tamaño, empiezan el viaje y las pasan a obreras más grandes, que hacen el último tramo hasta el nido.

Granjeras que desactivan sus semillas

Una colonia que vive de semillas tiene un problema evidente: si las guarda bajo tierra, con humedad, germinan. M. barbarus lo resolvió hace mucho, y quien primero lo describió con detalle fue el naturalista inglés John Traherne Moggridge, en 1873, observando colonias de Menton y Cannes, en la Costa Azul.

  • Cortan la raíz. Cuando una semilla empieza a brotar, las obreras le roen la radícula, la puntita de la raíz.
  • Las sacan a secar al sol. Tras un chaparrón, Moggridge vio a las hormigas sacar las semillas del nido y extenderlas al aire y al sol, y volver a guardarlas una vez secas.
  • Funciona. Las semillas almacenadas estaban húmedas, pero, de miles de semillas de 21 nidos, solo 27, de 7 nidos, mostraban algún inicio de germinación. Y no estaban muertas: al sembrarlas, crecían con fuerza.
  • Hace falta la colonia. En sus experimentos posteriores, Moggridge comprobó que el vapor de ácido fórmico no influía: la clave era la presencia de las hormigas, que vigilan el granero y consumen primero las semillas que empiezan a brotar.

No era un descubrimiento del todo nuevo: Moggridge confirmaba lo que ya contaban Plutarco y otros autores antiguos, que habían visto a las hormigas «desactivar» el grano antes de guardarlo. Hoy no hay ningún estudio moderno que haya encontrado en Messor una sustancia que inhiba la germinación: todo apunta a un trabajo de vigilancia y mantenimiento.

Moggridge excavó también sus graneros: cámaras horizontales, a unos 4–15 cm de profundidad, cada una «del tamaño de un reloj de bolsillo», y, en un nido profundo, graneros a más de medio metro. Y vio algo más: las semillas guardadas se «malteaban», y las obreras raspaban la harina de un grano de mijo con las mandíbulas. Los criadores describen cómo mastican las semillas y hacen con ellas una pasta, el llamado «pan de hormiga», con la que alimentan a la cría; los detalles de su bioquímica no están bien estudiados.

Un paladar exigente: semillas de 4 a 50 mg

Recolectar semillas no significa recoger cualquier cosa. En el campo, M. barbarus prefiere las semillas de 4 a 50 mg, sin importar su densidad; las de menos de 0,4 mg casi nunca las coge, y solo aprovecha una parte de las especies disponibles, lo que la convierte en un depredador muy selectivo. También elige por la forma: prefiere las semillas alargadas, que se encuentran antes y tienen menos probabilidad de estar enterradas. Es una estrategia para ahorrar tiempo más que energía.

  • Más lejos, más exigentes. Cuanto más larga es la senda, más selectivas se vuelven, como si un viaje largo solo compensara por una semilla buena; la densidad de semillas, en cambio, no cambia su selectividad.
  • Preferencias de grupo. Les encantan las cariópsides de gramíneas (los «granos» de las hierbas), las cápsulas de juncos y los aquenios de algunas compuestas, y, entre trozos de distinto tamaño del mismo alimento, eligen los pequeños, más fáciles de manejar.
  • Casi de todo. Moggridge encontró en sus graneros semillas de muchísimas plantas, de la fumaria al amaranto, y escribió que las recogían «casi indiscriminadamente».

En la experiencia de Antomas, en casa son mucho menos exigentes que en el campo: les gusta prácticamente todo, desde el alpiste y el mijo hasta la chía o la avena (ver «Alimentación»).

Majors de cabeza roja: las trituradoras de la colonia

Una colonia madura de M. barbarus parece un muestrario de tamaños: obreras diminutas de unos 3 mm junto a majors (los «soldados») de más de un centímetro, con una cabeza enorme y, a menudo, roja. No hay castas separadas, sino una gradación continua de minors, medias y majors, y cada tamaño tiende a especializarse:

  • Las medias marcan sobre todo las sendas con feromonas.
  • Las minors se encargan de las semillas pequeñas.
  • Las majors recogen las semillas grandes o preferidas.

Las majors tienen la cabeza proporcionalmente mucho más grande que las obreras pequeñas. Un estudio de 2019 sobre su forma de caminar comprobó que esa cabeza adelanta su centro de gravedad, y más aún cuando cargan una semilla: las grandes son menos estables y lo compensan en parte ajustando el paso; y, cuando van cargadas, todas, grandes y pequeñas, se agarran al suelo con las patas traseras durante parte de cada zancada. Esa cabeza está llena de músculo, el motor de unas mandíbulas que funcionan como un molino: en la experiencia de Antomas, las majors son las que parten las semillas duras que las pequeñas no pueden abrir, y las que convierten el grano en comida para la cría. No hay estudios que hayan medido la fuerza de su mordida.

Por eso, en una colonia joven, la llegada de los primeros majors es todo un acontecimiento: a partir de ahí, la colonia puede con casi cualquier semilla, y su crecimiento se acelera (ver «Comportamiento en cautividad»).

Ingenieras del ecosistema: basureros fértiles y aliadas del agricultor

Las cascarillas que se amontonan junto a la entrada no son un simple vertedero. Moggridge ya los llamaba «basureros» (kitchen middens), y vio que uno solo podía llenar una jarra de más de un litro. Más de un siglo después, un estudio en pastizales de Madrid comprobó que el suelo de esos basureros es más limoso y más rico en potasio y materia orgánica, con un pH más alto, y guarda un banco de semillas más denso y más variado; los cambios favorecen además a las plantas de semillas pesadas. Cada nido es, en la práctica, una mancha de suelo abonado y un vivero de semillas.

También mueven semillas de un sitio a otro. En cerca del 20 % de las sendas aparecen pequeños depósitos de semillas que unas obreras sueltan y otras recogen, aunque la dispersión real, por semillas que se pierden por el camino, es menor del 1 %.

¿Y los agricultores? En los cereales de secano del noreste de España, M. barbarus es la hormiga más común, con densidades de cientos de nidos por hectárea: en parcelas con 468–900 nidos por hectárea retiraron en 24 horas el 99–100 % de las semillas de malas hierbas ofrecidas. Funciona como un control biológico de malas hierbas, y las pérdidas de cosecha que causa son bajas: un 0,6 % de media, con un máximo del 9,2 % en los campos más afectados. Una vecina mucho más útil de lo que parece.

Un termómetro en las patas: cuándo salen a forrajear

Un equipo de la Universidad Autónoma de Madrid siguió 44 colonias cerca de Madrid durante año y medio, de marzo de 1998 a septiembre de 1999. La colonia empieza a salir cuando la temperatura y la humedad del suelo superan unos valores mínimos y, una vez activa, es la temperatura de la superficie la que regula cuántas obreras salen: el máximo de actividad se da con el suelo a 25–30 °C, y las obreras caminan más deprisa cuanto más calor hace, menos las más grandes. En general, forrajean con el suelo entre unos 15 y 35 °C.

En pleno verano cambian de táctica: por la mañana, columnas largas hacia fuentes de comida conocidas, y, a medida que el suelo se calienta, acortan las columnas y buscan comida más cerca. Son diurnas, pero evitan las horas centrales de los días más calurosos.

En invierno, el frío las mantiene en casa: según la zona, el reposo invernal va más o menos de noviembre a marzo, sin cría, viviendo de las semillas almacenadas. Las normales climáticas lo explican: de noviembre a marzo, la temperatura media es de 11,8–15,3 °C en Valencia y de 6,3–11,2 °C en Madrid. Son las bases de la diapausa que recomendamos en casa (ver «Diapausa»).

No son cazadoras, pero…

M. barbarus no es una cazadora: vive de semillas, y en el campo solo recoge insectos muertos de forma ocasional. Pero que nadie la confunda con una hormiga pacífica. Sus colonias defienden con afán su territorio: las sendas de colonias vecinas no se cruzan, y las obreras las defienden frente a otras colonias, de modo que el terreno queda repartido en territorios. La glándula del veneno sirve justamente para eso, para dar la alarma y defenderse.

En la experiencia de Antomas, una colonia madura derriba insectos grandes, y muchos. No es caza en sentido estricto: es defensa territorial. Un grillo o una cucaracha que se mete en su zona de forrajeo es una amenaza, y la colonia entera se lanza sobre ella: decenas de obreras la sujetan por las patas y las antenas, y las majors la inmovilizan con sus mandíbulas. Una vez aniquilada la amenaza, se convierte en lo que la colonia necesita para criar: proteína. Ver a una colonia grande de Messor reaccionar así es uno de los espectáculos más impresionantes que puede darte una hormiga «de semillas».

Una colonia de Messor se lanza sobre un intruso, en un vídeo de Anthouse.

Una reina, varios miles de obreras… y varios padres

Las colonias de M. barbarus son monoginas: tienen una sola reina, y en la naturaleza reúnen varios miles de obreras. Esa reina, en cambio, no tiene un solo compañero: se aparea con varios machos, unos 2,4 de media, lo que encaja con su peculiar sistema genético (ver «Obreras mestizas, reinas puras»). En laboratorio se ha estudiado también cómo reaccionan las colonias cuando se las fuerza a aceptar varias reinas, y cómo se «cierran» a las reinas extrañas.

¿Cuántas obreras puede llegar a tener una colonia? Las cifras de decenas de miles que circulan en el hobby no están medidas: lo que dice la ciencia es «varios miles». En casa, con espacio y comida, una colonia de Messor se convierte en pocos años en un auténtico imperio.

Vuelos de otoño y fundación claustral

Los vuelos nupciales de M. barbarus se producen en otoño, normalmente tras las primeras lluvias fuertes después del verano. Encaja con el clima: en Valencia, septiembre y octubre son los meses más lluviosos del año, con 70 y 77 mm. Los investigadores que estudiaron su genética capturaron reinas y machos durante los vuelos en Granada y Albacete.

Tras el vuelo, la reina se quita las alas, se entierra y funda sola su colonia. La fundación es claustral: cría a sus primeras obreras sin salir a buscar comida, con las reservas de su propio cuerpo. Y lo normal es que no tenga prisa: las reinas de otoño suelen pasar el invierno en diapausa y empezar a criar en primavera.

¿Y si varias reinas fundan juntas? Es lo que se llama pleometrosis. En M. barbarus no hay estudios científicos, pero los criadores cuentan que, cuando se juntan reinas, suelen tolerarse al principio y, al nacer las obreras, acaba quedando una sola. En su pariente norteamericana M. pergandei sí está documentado: en algunas poblaciones, las reinas fundan juntas, cavan el nido y crían la primera cría en equipo, y poco después de nacer las obreras pelean a muerte hasta que queda una. Por eso, en Antomas recomendamos una reina por tubo.

Reinas de combate: las princesas que se quedaron en casa

Entre los criadores de Messor hay un fenómeno famoso que la ciencia todavía no ha estudiado en el género: las reinas de combate. Así llamamos a las reinas jóvenes, las princesas aladas de la colonia, que no han podido hacer su vuelo nupcial en su época y se quedan en el nido haciendo labores de obrera. Es algo bastante común en las colonias maduras en cautividad: al llegar el otoño, la colonia produce princesas, pero en un hormiguero no hay vuelo posible, y muchas acaban quitándose las alas y quedándose en casa.

En la experiencia de Antomas y de otros criadores, todas comparten un rasgo: una agresividad desmedida. Se las ve ir a la batalla junto a las obreras cuando la colonia defiende su territorio. Pero su vida en la colonia no es fácil: las propias obreras las maltratan bastante y, si no tienen una utilidad en la colonia, acaban por matarlas. No esperes que una de ellas sustituya a la reina: una princesa virgen no puede dar obreras, y de sus huevos sin fecundar solo nacerían machos.

¿Tiene base científica? En Messor no hay estudios ni un nombre científico para ellas, pero el fenómeno está documentado en otro género. En 2012, un equipo de las universidades de Copenhague y Friburgo estudió las hormigas cortadoras de hojas Acromyrmex echinatior y A. octospinosus, y vio que las reinas vírgenes que pierden las alas sin hacer el vuelo nupcial no mueren: se quedan en la colonia de su madre, cuidan la cría y trabajan en el nido como obreras, y también lo defienden. Ante el olor de colonias ajenas reaccionaban con una agresividad mucho mayor que las demás hembras; la nota de prensa de la Universidad de Friburgo llegó a compararlas con las legendarias amazonas. Hasta entonces se suponía que estas reinas morían, y algunas, de hecho, acaban devoradas por sus hermanas. Viven de sus propias reservas, los músculos de las alas, y los autores proponen que, en unas hormigas que se alimentan de un hongo, «reciclar» como proteína a las reinas sobrantes no compensa, y por eso les sale más a cuenta darles otro trabajo.

El contraste con Messor es interesante: en las cortadoras se las conserva; en nuestras recolectoras, en cambio, las obreras acaban eliminándolas si no son útiles. Lo vemos los criadores y lo vemos en Antomas, aunque nadie ha estudiado todavía por qué. Lo que sí está documentado en el género es que sus reinas pueden ser muy combativas: en M. pergandei, en las poblaciones donde las fundadoras pelean a muerte, las reinas tienen la cabeza más ancha (y, con ella, unas mandíbulas más fuertes) que en las poblaciones donde no pelean, mientras que sus obreras no se diferencian: un auténtico «arma» femenina seleccionada por el combate.

Reinas de combate de Messor en plena batalla, en un vídeo de Anthouse.

¿Cuánto vive una reina de Messor? Décadas

Las reinas de hormiga están entre los insectos más longevos que se conocen: viven muchísimo más que sus obreras, que los machos y que la inmensa mayoría de los insectos solitarios. El récord documentado lo tiene una reina de Lasius niger, la hormiga negra de jardín, que el entomólogo alemán Hermann Appel capturó en agosto de 1931, tras su vuelo nupcial, y que vivió en su casa hasta abril de 1960: casi 29 años (28 años y 9 meses). Según sus notas, en su último año de vida todavía ponía huevos fecundados.

En M. barbarus no hay ningún estudio que haya medido la vida de la reina; las cifras de 20 o 25 años que se leen en algunas webs no tienen respaldo científico. Lo que sí podemos contarte es nuestra experiencia: en Antomas mantenemos una colonia de 11 años, y sigue activa. Estamos convencidos de que pueden vivir mucho más. Una reina de Messor bien cuidada puede acompañarte durante décadas: tenlo en cuenta al elegirla (y, si te apetece, al elegir su color: ver «Reinas Shiny Red»).

Tamaño y morfología

Hormiga robusta y brillante, de la subfamilia Myrmicinae, con obreras de tamaños muy distintos, unidas por una gradación continua.

  • Coloración de las obreras. Negras y brillantes. Las minors son de color uniforme; las majors, sobre todo las más grandes, suelen ser bicolores, con la cabeza rojiza, y la intensidad de ese rojo varía mucho de unos ejemplares a otros. Ya Moggridge distinguía en 1873 una forma «totalmente negra» y otra «de cabeza roja».
  • Cabeza y mandíbulas. En las majors, la cabeza es proporcionalmente mucho más grande que en las obreras pequeñas, con mandíbulas anchas y potentes para partir semillas.
  • Sin «cesto» de arena. A diferencia de otras Messor, no tiene psammóforo, la hilera de pelos largos bajo la cabeza con la que otras especies cargan arena.
  • Reina. Grande y robusta, negra y brillante, casi siempre con la cabeza roja y, rara vez, también con el gáster rojo. Se reconoce además por su tórax voluminoso, preparado para el vuelo, y por las cicatrices de las alas.
  • Macho. Alado, más pequeño y esbelto que la reina; vuela en otoño, durante los vuelos nupciales.
  • Frente a otras Messor ibéricas. Las majors de M. capitatus tienen el propodeo (la parte trasera del tórax) anguloso, en esquina y no muestran la cabeza rojiza de M. barbarus; y M. ibericus, a veces confundida con ella, pertenece a otro grupo, el de M. structor. Para identificar una Messor ibérica hacen falta obreras de todos los tamaños, sobre todo majors.
  • Desarrollo. Como en el resto de las mirmicinas, las larvas pupan sin capullo: las pupas están desnudas. Según los criadores, de huevo a obrera pasan de 6 a 12 semanas, según la temperatura.

Reinas Shiny Red: un poco de color para toda una vida

Como has visto, el rojo de la cabeza varía mucho en esta especie: hay reinas casi negras, otras de cabeza roja y algunas, raras, con el gáster también rojizo. Las Shiny Red son reinas de coloración más roja: la misma especie, con un color más intenso. Si una reina de Messor puede acompañarte durante tantísimos años, ¿por qué no disfrutar de un poco más de color durante toda esa experiencia?

¿Y sus hijas? No hay estudios sobre cómo se hereda el color en M. barbarus, así que no se puede garantizar el de la descendencia. En la experiencia de Antomas, eso sí, algunos soldados de las reinas de morfo más rojo suelen salir con la cabeza más amarilla o anaranjada, un detalle precioso en una colonia madura.

Medidas aproximadas

  • Obreras: 3–13 mm, de las minors a las majors más grandes
  • Reina: unos 13–15 mm
  • Macho: sin medidas científicas fiables

Las medidas proceden de la revisión de las Messor de Marruecos de Cagniant y Espadaler (1997); las poblaciones ibéricas podrían variar algo. No hay morfometría moderna de la especie en la península.

Mantenimiento en cautividad

Dificultad: 1/5 – Principiante

Es, sin exagerar, una de las mejores especies del mundo para empezar. Es resistente, se adapta muy bien a la vida en un hormiguero, come semillas que puedes tener siempre en casa y que ella misma almacena para los días en que te despistes, no pica y no es escapista. Sus necesidades se resumen en cuatro: un nido con una zona húmeda y un granero seco, agua siempre disponible, mucha comida con limpieza de restos y una diapausa en invierno.

Y merece mucho la pena. Fácil no quiere decir aburrida: verás a las obreras trazar sus rutas, llenar el granero, partir semillas con las majors, sacar las cascarillas al basurero y, cuando un intruso se cuela en su territorio, lanzarse al combate. Y todo eso con una reina que puede acompañarte durante décadas.

Parámetros recomendados

  • Temperatura (de primavera a otoño): 22–28 °C. Es el rango de los veranos de su área, con medias de 22–26 °C de junio a agosto en Valencia y Madrid, y en la naturaleza su actividad es máxima con la superficie del suelo a 25–30 °C. Los criadores coinciden en un rango parecido para el nido. No necesita un punto caliente exagerado: si usas una fuente de calor, que sea suave y en un extremo de la zona de forrajeo, y que el nido no pase nunca de 30 °C.
  • Humedad: dos zonas. Una parte del nido húmeda, sin encharcar, para la cría, y un granero seco para las semillas. La zona de forrajeo, seca.
  • Agua: siempre disponible, también durante la diapausa: un tubo de ensayo con agua y algodón en la zona de forrajeo.
  • Luz: basta con dejarles su zona oscura en el nido y el forrajeo con luz, con un ciclo normal de día y noche. Evita el sol directo sobre el hormiguero.
  • Diapausa: sí, de unos 5 meses, de noviembre a marzo, por debajo de unos 20 °C (ver «Diapausa»).

Hormigueros recomendados

En Antomas recomendamos la gama Qbik de Anthouse, los Qbik normales de la gama Alpha: hormigueros modulares que crecen con la colonia. Para empezar, un QBIK ONE con galerías medianas, que permite controlar bien la cría y el granero en una colonia pequeña.

A medida que la colonia crece, se amplía, siempre con galerías más grandes: los majors de una colonia madura son grandes y necesitan espacio. El siguiente paso es el QBIK DUO:

Y, para los grandes imperios, los formatos QuaDra, HeXa y NoNa de la misma gama. Amplía cuando el nido se les quede pequeño: una señal clara es ver muchas obreras quietas en las esquinas de la zona de forrajeo, sin sitio dentro. Al revés, un nido demasiado grande para una colonia pequeña acaba con esquinas usadas como basurero, moho y ácaros.

Nada de nidos de yeso ni de ytong. M. barbarus roe muchos materiales: en Antomas lo hemos visto una y otra vez, las majors revientan los nidos de yeso y de ytong, y los criadores cuentan lo mismo de la escayola, la arenisca, la madera y los plásticos blandos. Elige siempre nidos profesionales y consolidados en el mercado, de materiales que no puedan roer.

Completa el montaje con estos detalles:

  • Zona húmeda y granero seco. Humedece solo una parte del nido, la de la cría, y deja seca otra, donde guardarán las semillas. Las hormigas aprenden enseguida a separar el granero de la cría.
  • Agua en tubo de ensayo. Un tubo con agua y algodón en la zona de forrajeo es la mejor fuente de agua: siempre disponible y sin riesgo de que se ahoguen, porque en el agua al descubierto se ahogan. En verano, añade un segundo tubo.
  • Bebedero para los líquidos azucarados. Nunca en algodón, que se enmohece y estropea el líquido enseguida: usa un bebedero tradicional o casero, donde la gota quede «tendida» y accesible.
  • Zona de forrajeo amplia y seca, donde puedan trazar sus rutas y montar su basurero. Un poco de arena o tierra seca les permite comportarse con naturalidad.

Fundación con reina sola

En Antomas vendemos también reinas solas. La fundación es claustral, así que es muy sencilla: la reina no necesita comer, solo tranquilidad, oscuridad y agua.

  • En tubo de ensayo, con su depósito de agua cerrado con algodón, y en un lugar oscuro y tranquilo.
  • Sin molestarla. Una reina estresada puede comerse sus huevos: mírala de vez en cuando, con delicadeza y sin moverla, pero no la cambies de sitio ni abras el tubo sin necesidad.
  • Las reinas de otoño, en diapausa. Las reinas que vuelan en otoño suelen pasar el invierno en diapausa, sin poner o poniendo muy poco, y empiezan a criar en primavera. En Antomas recomendamos respetar ese ritmo y dejarlas pasar la diapausa, como hacemos con las reinas de la temporada que vendemos: el tubo, en un lugar fresco (por debajo de unos 20 °C) durante el invierno, y de vuelta a la temperatura de casa en marzo o abril. No las calientes para adelantar la puesta.
  • Las primeras obreras. Cuando nazcan, ofrece unas pocas semillas pequeñas y blandas, como chía, sésamo o semillas de césped, en el lado seco del tubo, lejos del algodón: las semillas que tocan el algodón húmedo germinan, y sus raíces se beben el agua del tubo. Las primeras obreras, las «nanitas», son pequeñas y viven poco: es normal que alguna muera.
  • Cuándo pasarla al nido. Cuando la colonia tenga unas decenas de obreras y se le quede pequeño el tubo, por volcado (ver «Llegada y mudanza»).

Varias reinas juntas. La pleometrosis existe, pero lo normal es que, al nacer las obreras, quede una sola reina, y por el camino puede haber peleas a muerte (ver «Vuelos de otoño y fundación claustral»). No recomendamos forzarla: una reina por tubo.

Si una reina no saca obreras. No siempre es culpa del criador. Recuerda su genética: una reina que no se haya apareado con machos de los dos linajes no puede producir obreras. Y, como en todas las hormigas, algunas reinas simplemente no salen adelante.

Llegada y mudanza

Al recibir tu colonia, déjala reposar en un lugar tranquilo y a temperatura ambiente, y asegúrate de que tiene agua. Para pasarla a su hormiguero, en Antomas lo hacemos por volcado: abrimos el tubo y volcamos la colonia (obreras, reina, cría y semillas) en el hormiguero nuevo, con unos golpecitos suaves. Con un pincel suave puedes ayudar a las rezagadas. Hazlo con calma y sin miedo: en pocas horas habrán ocupado el nido y empezado a ordenar el granero. Cuando la colonia crezca y la amplíes con galerías más grandes, se repite el método.

Alimentación

Semillas: les gusta prácticamente todo. En la experiencia de Antomas, se les puede dar casi cualquier semilla: alpiste, mijo, avena, mezclas para pájaros, semillas de césped, chía, quinoa, lino, sésamo, amapola… Los criadores coinciden en que les encantan también las semillas oleaginosas. Usa semillas para consumo o para pájaros, sin tratar, sin sal y sin tostar. Una sola regla según la edad de la colonia: hasta que nacen los primeros majors, las obreras no pueden partir semillas duras, así que en una colonia joven conviene dar semillas pequeñas o blandas (chía, sésamo, amapola, césped). Con majors, pueden con todo.

Cómo evitar el moho y la germinación. Ellas mismas saben hacerlo, como hacen en el campo (ver «Granjeras que desactivan sus semillas»), pero ayúdalas:

  • Deja las semillas en la zona de forrajeo, para que las lleven al granero seco; nunca en la zona húmeda ni en contacto con el algodón.
  • Retira las semillas que germinen o tengan moho, y las cascarillas y restos del basurero.
  • En una colonia pequeña, da poca cantidad y repón a menudo; en una grande, puedes dar más de una vez, porque la almacenan.
  • Las semillas partidas no germinan, pero se enmohecen antes si se humedecen: pártelas solo si van a un granero seco.

Proteína, abundante. Para que la colonia crezca rápido, es fundamental darles bastante proteína, también animal: la reina la necesita para poner, y las larvas, para crecer. En Antomas les damos insectos (grillos, cucarachas, tenebrios, moscas), pollo, pinkies (crías de ratón congeladas, de las que se venden como alimento para reptiles) y atún, en trocitos adecuados al tamaño de la colonia. La carne y el pescado, siempre mejor cocinados (pollo, atún…); los pinkies, tal cual. Los insectos silvestres, mejor congelados antes, por los parásitos. Y una regla importante: si no se han comido la proteína animal en 24–48 horas, retírala rápidamente. Una colonia madura también se lanza sobre insectos vivos y grandes (ver «No son cazadoras, pero…»).

Cuanto más comen, mejor y más rápido crecen. Es la filosofía de Antomas: si haces mantenimiento a diario y retiras los restos, es mejor sobrealimentar, porque las hormigas entienden que tienen más recursos y crecen más deprisa y en mayor número. Si no vas a poder limpiar a menudo, mejor no sobrealimentar: la proteína que sobra se pudre y trae moho y ácaros.

Dieta variada, siempre. En esta especie, la variedad está en las semillas y en la proteína: cambia el tipo de insecto de una semana a otra, para que no coman siempre lo mismo. Los azúcares, en cambio, no son demasiado recomendables para una granívora como esta. Como complemento, y solo muy de vez en cuando, puedes ofrecerles un néctar como el Néctar Blue Sugar de Anthouse, siempre en un bebedero y nunca en algodón: en Antomas se lo damos una o dos veces al mes. Evita la miel pura espesa: se quedan pegadas en ella.

Agua: siempre, en el tubo de ensayo con algodón. Es lo único que nunca les puede faltar.

Diapausa

M. barbarus necesita un reposo invernal, la diapausa: en la naturaleza, de noviembre a marzo, la colonia deja de criar y vive de las semillas almacenadas. En Antomas recomendamos una diapausa de unos 5 meses, de noviembre a marzo, más o menos según la temperatura de cada lugar.

  • Temperatura: por debajo de unos 20 °C, con un margen amplio. No hace falta un frío intenso y la temperatura puede variar bastante: cuanto más fresco, más marcado será el reposo. Como referencia, en su área, de noviembre a marzo, la temperatura media va de 11,8 a 15,3 °C en Valencia y de 6,3 a 11,2 °C en Madrid. Una habitación fresca, un garaje o un trastero sin calefacción suelen servir.
  • Sin calor artificial: retira las fuentes de calor durante todo el invierno.
  • Agua siempre disponible: es lo único que necesitan. Comerán poco o nada, salvo las semillas que tengan guardadas.
  • Cambios graduales: noviembre y marzo son meses de transición, en los que la temperatura baja y sube poco a poco.

Sabrás que la colonia entra en diapausa porque come menos, sobre todo proteína, se mueve menos y deja de tener pupas. En primavera, con la subida de las temperaturas, la reina vuelve a poner y la colonia arranca con fuerza. Las reinas solas y las colonias pequeñas también hacen su diapausa.

Así se prepara un imperio para el invierno: la última gran comida antes de la diapausa, en un vídeo corto de Anthouse:

«El imperio debe descansar», de Anthouse: la última cena de una colonia de M. barbarus antes de la diapausa.

Comportamiento en cautividad

Organizadas. En pocos días verás cómo la colonia ordena su casa: la cría, en la zona húmeda; el granero, en la seca, y el basurero, fuera, en la zona de forrajeo, con las cascarillas de las semillas, los restos de comida y las obreras muertas. Retira de vez en cuando el basurero y mantenlo seco, para que no críe moho ni ácaros.

Crecimiento. El primer año crecen despacio y, con la llegada de los primeros majors, se aceleran. Un criador que documentó su colonia en un foro vio nacer el primer major cuando la colonia tenía unas 20 obreras, y en algo más de un año pasó de unas 30 obreras a varios cientos. Con proteína abundante y espacio, en pocos años tendrás un imperio.

Guerras. Son muy territoriales: no juntes colonias, ni siquiera de la misma especie, y no conectes dos hormigueros de Messor entre sí. Las colonias vecinas se reparten el terreno y defienden sus fronteras en la naturaleza, y en un hormiguero no tienen adónde retirarse.

Reinas de combate. Si tu colonia es madura, puede que algún otoño aparezcan princesas aladas que, sin vuelo posible, se queden en el nido. No hace falta que hagas nada: la propia colonia decide (ver «Reinas de combate»).

Observar sin miedo. En Antomas pensamos que las hormigas están para disfrutarlas, observarlas y aprender de ellas, no para tenerlas escondidas. Basta con dejarles su zona oscura en el nido y el forrajeo con luz, y observarlas con delicadeza, interviniendo y estresándolas lo menos posible. Se adaptan enseguida a tu presencia.

Señales de alarma: si la reina sale a la zona de forrajeo, revisa el agua; si aparece moho en el granero, hay humedad donde no debe; y si mueren muchas obreras en poco tiempo, revisa el agua, la temperatura y los restos de comida.

Fugas y barreras

En la experiencia de Antomas, no son escapistas: solo intentan fugarse cuando les falta comida, agua o espacio. Tampoco son especialmente ágiles para pasar las barreras antifugas: una barrera de aceite mineral o de PTFE en la zona de forrajeo funciona muy bien con ellas.

Lo que sí hacen es roer: revisa tapones, uniones y piezas blandas, y no uses materiales que puedan atravesar. La mejor prevención es un hormiguero profesional, comida y agua de sobra y ampliar a tiempo.

Manejo y seguridad

Es una especie muy segura. En la práctica no pican y, como todas las mirmicinas, no tienen ácido fórmico. Las majors pueden morder, pero su mordida es solo de presión: se nota, pero no hace daño. Aun así, manipúlalas con herramientas entomológicas (un pincel suave o unas pinzas blandas), no con las manos, sobre todo al hacer el volcado o limpiar, para no dañar a la reina. Y no liberes nunca colonias ni reinas: aunque sea una especie autóctona en parte de Europa, fuera de su área sería una especie introducida.

Qué no hacer

  • Alojarlas en nidos de yeso o de ytong, o de materiales blandos: los roen y los revientan.
  • Poner las semillas en la zona húmeda o en contacto con el algodón: germinan o se enmohecen.
  • Darles un nido demasiado grande para la colonia: acaban usando las esquinas de basurero.
  • Dejar la proteína animal más de 24–48 horas, semillas con moho o un basurero húmedo.
  • Quedarse corto con la proteína: es la clave para que crezcan.
  • Abusar de los azúcares: en esta especie, solo muy de vez en cuando.
  • Calentar a una reina de otoño para adelantar la puesta: déjala pasar la diapausa.
  • Poner agua al descubierto o miel espesa: se ahogan o se quedan pegadas.
  • Poner los líquidos azucarados en algodón: usa un bebedero.
  • Dejarlas sin agua, también en la diapausa.
  • Saltarse la diapausa o cambiar la temperatura de golpe.
  • Poner un punto caliente exagerado o dejar el hormiguero al sol directo.
  • Juntar reinas o colonias.
  • Tenerlas escondidas: están para observarlas y disfrutarlas; hazlo con delicadeza, interviniendo lo menos posible.

Fuentes científicas

Esta ficha se ha elaborado a partir de la bibliografía científica sobre Messor barbarus y su género y de la experiencia de Antomas y de otros criadores. Referencias principales:

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