Comprar Pogonomyrmex californicus – Colonia de hormigas | Antomas
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Pogonomyrmex californicus

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Reinas que firman un pacto para toda la vida. En algunas poblaciones de Pogonomyrmex californicus, varias reinas sin parentesco fundan juntas y gobiernan unidas su colonia hasta el final: una de las sociedades más raras del mundo de las hormigas. Es la cosechadora roja del suroeste de Norteamérica, que carga arena con su barba, llena sus graneros de semillas, siembra el desierto, aguanta 51,7 °C y fue la hormiga que los pueblos nativos de California tragaban viva para tener visiones. Picadura potente y carácter de guerrera: una especie para criadores con experiencia. Reinas fundadoras con prole, solas o en grupos de 2 o 3. Envío a toda Europa, llegada viva garantizada.


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Dificultad: 3/5 – Avanzado

Hormiga cosechadora del suroeste de Norteamérica, famosa en la ciencia porque, en algunas poblaciones, varias reinas sin parentesco fundan juntas y conviven toda la vida. Reinas fundadoras con prole, solas o en grupos de 2 o 3; los grupos se mantienen tal como llegan, sin añadir ni separar reinas. Fundación semiclaustral: la reina necesita comer, así que se cría en un tubo con miniarena. Después, QBIK ONE con galerías medianas, granero seco y zona húmeda, 26–30 °C, semillas variadas y mucha proteína, y diapausa de 3–4 meses a 10–15 °C. Picadura potente: barrera de aceite mineral y manejo con herramientas.

Pogonomyrmex californicus (Buckley, 1867) es una hormiga cosechadora del suroeste de Estados Unidos y del noroeste de México: una mirmicina robusta, de un rojo ferruginoso intenso, con una «barba» de pelos largos bajo la cabeza y un aguijón que se hace respetar. Vive en California, Arizona, Nevada, Utah, Nuevo México y el oeste de Texas, y en Baja California, Sonora y Chihuahua. Ocupa terrenos abiertos y bien drenados, como matorrales de gobernadora (Larrea tridentata), llanuras desérticas, pastizales y chaparral, desde los desiertos bajos y tórridos hasta las sierras del sur de California, donde los inviernos traen heladas. Anida en el suelo, a menudo arenoso, con cámaras para la cría y para las semillas.

En el hobby es una cosechadora más, pero en los laboratorios es una estrella: la Universidad Estatal de Arizona la usa como especie modelo, y su genoma completo se publicó en 2021. La razón es una rareza social. En la mayor parte de su área, cada colonia tiene una sola reina, pero en algunas poblaciones del sur de California y del norte de Baja California varias reinas que no son parientes fundan juntas y conviven toda la vida. Y hay más: soporta más de 51 °C, siembra el desierto, un gran astrónomo escribió sobre ella y varios pueblos nativos de California la tragaban viva para tener visiones.

Biología

Reinas que firman un pacto para toda la vida

En casi todas las hormigas, cuando varias reinas fundan juntas, algo que se llama pleometrosis, la alianza dura poco: al nacer las primeras obreras, las reinas se pelean o las obreras las eliminan hasta que queda una. P. californicus rompe esa regla en algunas poblaciones. Allí, reinas recién fecundadas y sin parentesco entre sí se juntan bajo tierra, crían juntas la primera generación y, cuando ya hay obreras, siguen poniendo huevos juntas. Es la poliginia primaria: una colonia con varias reinas desde el primer día, y para siempre.

El mirmecólogo Robert A. Johnson lo comprobó en experimentos largos publicados en 2004: estas asociaciones no se reducen a una sola reina cuando nacen las obreras. Los estudios genéticos confirmaron después que las cofundadoras no son parientes y que de esa pleometrosis salen las colonias adultas con varias reinas, y en 2024 un equipo internacional lo resumió como una tolerancia «de por vida» entre reinas no emparentadas. Los grupos de fundación van de 2 a más de 50 reinas, y en la población cooperativa mejor estudiada hay de media unas 4 reinas por nido, tanto al fundar como en las colonias maduras. Cuántos años dura esa convivencia no se ha medido, porque tampoco se sabe cuánto vive una reina de esta especie.

Dos poblaciones a 50 km, dos sociedades distintas

Lo más asombroso es que esta sociedad cooperativa es local. En la mayor parte de su área, la especie funda con una sola reina y sus colonias son monoginas. La pleometrosis aparece solo en algunas poblaciones, y el contraste entre vecinas puede ser brutal: en una población cooperativa, 35 de 47 nidos de fundación tenían varias reinas; en otra, a solo unos 50 km, apenas 1 de 17. Las reinas de cada sitio tienen, además, otro carácter: las de fundación solitaria son bastante más agresivas con otras reinas y escalan antes los conflictos.

¿Por qué cooperar con desconocidas? Un trabajo de 2018 vio que, en un sitio dominado por colonias de varias reinas, las colonias se reproducían menos y tenían más vecinas, pero con comida extra se igualaban a las de un sitio de colonias de una reina. La cooperación parece una respuesta a ambientes duros y saturados, donde una reina sola apenas tiene oportunidades.

Juntas sobreviven: 26 de 30 frente a 3 de 30

Los números son contundentes. En 2021, un equipo de la Universidad Estatal de Arizona fundó en laboratorio, a 30 °C, colonias con reinas de una población cooperativa: 30 con una reina, 30 con dos y 30 con cuatro. A los 10 meses seguían vivas:

  • 26 de 30 colonias de cuatro reinas;
  • 20 de 30 colonias de dos reinas;
  • y solo 3 de 30 colonias de una reina.

Además, las colonias de varias reinas crecieron mucho más deprisa: tardaron 70 días en llegar a 10 obreras con cuatro reinas, 102 con dos y 184 con una. Y la ventaja del grupo duró mucho más allá de la fundación.

¿Y cuantas más, mejor? No. En 2022, otro estudio con reinas de la misma población comparó grupos de 1, 3, 6 y 9 fundadoras durante 50 días. Los grupos de 3 y de 6 fueron los que mejor convirtieron huevos en obreras, con 0,86 y 0,66 obreras por fundadora a los 50 días, frente a 0,20 en los de 9, donde muchas reinas pasaban el tiempo inactivas. Las primeras obreras salieron hacia el día 33–36 en todos los grupos. Las reinas solas de esa población no sacaron ni una obrera: vivieron de media 15,8 días.

El dilema de la fundadora: gana la reina agresiva, pierde el grupo

Cooperar no quiere decir vivir en armonía. En 2016, un estudio siguió a 384 reinas recién fecundadas en nidos de vidrio, solas y en grupos. En los grupos hubo agresiones, que causaron el 20 % de las muertes de reinas, 46 de 229, y la reina agresiva salía ganando: fue la última superviviente en 15 de los 27 nidos con agresión. Pero los grupos sin agresión sobrevivían mejor como grupo. Es «el dilema de la fundadora»: dentro de cada nido, pelear compensa a quien pelea; entre nidos, ganan los grupos pacíficos. Los autores lo interpretan como selección de grupo a favor de la cooperación.

La lección práctica, que repetiremos en el mantenimiento, es clara: nunca juntes reinas por tu cuenta ni añadas reinas a una colonia. La convivencia se construye entre reinas que fundan juntas desde el principio, y una reina ajena es una invitación a la pelea.

Reinas que se reparten el trabajo

Fundar exige excavar, salir a buscar comida y cuidar la cría. ¿Quién hace qué cuando hay varias reinas? En 2004, Sara Helms Cahan y Jennifer Fewell formaron parejas de reinas de cada tipo de población. Las parejas de reinas de fundación solitaria se repartían el trabajo de forma muy desigual: una excavaba o forrajeaba y la otra apenas lo hacía. Las de población cooperativa, en cambio, compartían las tareas de forma mucho más equilibrada. Donde las reinas conviven, la evolución ha favorecido a las que arriman el hombro por igual, no un reparto de jefa y subordinada. Con un grupo de 2 o 3 reinas en casa, es fácil verlas atendiendo la cría a la vez.

Un supergén en formación y un genoma completo

Detrás de estas dos sociedades hay genética. En 2024, un equipo internacional comparó reinas de una población cooperativa y de otra de fundación solitaria y encontró una región del genoma de unos 8 millones de pares de bases, con 682 genes, en la que la recombinación casi ha desaparecido. Tiene dos versiones, una frecuente en las reinas cooperativas y otra en las solitarias: todo apunta a un supergén joven, un bloque de genes que se hereda entero, como los que controlan la organización social de la hormiga de fuego. No es un interruptor perfecto: el 85 % de las reinas cooperativas llevaban dos copias de la versión «cooperativa», y el 93 % de las solitarias, al menos una de la «solitaria». Los autores creen que intervienen muchos genes más.

Todo esto es posible porque su genoma completo está ensamblado y anotado desde 2021. Pocas hormigas de las que se crían en casa pueden presumir de algo así.

Reinas que salen a hacer la compra

Muchas cosechadoras del género, como P. rugosus y P. maricopa, fundan de forma claustral: la reina se encierra y cría a sus primeras obreras con sus reservas, sin salir. P. californicus no: su fundación es semiclaustral obligada. Johnson lo demostró en 2002: sus reinas son pequeñas para el género, tienen pocas reservas de grasa y de proteínas y, para sacar adelante a sus primeras obreras, tienen que salir a buscar comida. A cambio, crían una primera generación más numerosa. Se nota hasta en la arquitectura: sus nidos de fundación son menos profundos y menos cerrados que los de las especies claustrales, pero más ramificados, el nido de una reina que piensa salir.

A diferencia de otras cosechadoras norteamericanas, tampoco espera a las lluvias del monzón para volar. Sus vuelos nupciales son a principios del verano: según Johnson, a finales de mayo y principios de junio en Arizona, y a finales de junio y principios de julio en California. Johnson llegó a plantear, en un congreso, que esas diferencias de fecha, conducta y fisiología podrían ser el comienzo de una separación en especies distintas; es una hipótesis abierta.

La consecuencia para un criador es directa: una reina de esta especie necesita comer. Encerrarla semanas en un tubo sin comida, como se hace con las especies claustrales, es condenarla. Por eso, en Antomas, la fundación se hace en un tubo con miniarena (ver «Fundación: reinas con prole, solas o en grupo»). Algunas tiendas la describen como claustral o dicen que vuela tras el monzón: son errores.

Aguanta 51,7 °C

Las cosechadoras de desierto trabajan sobre algunos de los suelos más calientes del planeta. En 2004, Lighton y Turner midieron la temperatura crítica máxima de P. californicus, aquella a la que un insecto pierde la coordinación, con un método objetivo basado en su respiración: 51,7 °C, la misma que la de P. rugosus, con la que comparte territorio. Y su vida social vuelve a aparecer aquí: en un estudio de 2022, las obreras de colonias con varias reinas toleraban más calor, y de forma más homogénea, que las de colonias con una sola, lo que podría permitirles forrajear más tiempo en las horas centrales del día. La resistencia a la desecación, en cambio, depende del tamaño de la obrera: las grandes aguantan más.

No hace falta asarlas en casa: bajo tierra, el nido amortigua el calor (ver «Parámetros recomendados»).

Una barba para cargar arena

Pogonomyrmex viene del griego pogon, «barba», y myrmex, «hormiga». La barba es el psammóforo, una hilera de pelos largos y curvados bajo la cabeza que funciona como un cesto: con ella, las obreras cargan arena y tierra al excavar y la sacan del nido. En P. californicus se ve a simple vista, y en un hormiguero con un poco de arena en la zona de forrajeo es uno de sus espectáculos más curiosos. El nombre de la especie significa «de California»; la describió en 1867 el naturalista estadounidense Samuel B. Buckley.

Jardinera del desierto

Vive sobre todo de semillas, pero no recoge cualquier cosa ni de cualquier manera:

  • Elige para no pelear. En el desierto de Chihuahua, Walter Whitford vio en 1978 que escogía especies de semillas que le permitían evitar el contacto con otras Pogonomyrmex.
  • Calcula el tiempo. En un experimento de 1987 con avena de tres tamaños, las colonias no se quedaron sin más con los granos más grandes: tendían a obtener la máxima energía por unidad de tiempo, como predice la teoría del forrajeo óptimo.
  • También caza. Recoge y caza pequeños artrópodos, una fuente de proteína clave para la cría.

Y, de paso, siembra. En el desierto del Colorado, el extremo californiano del de Sonora, Dennis O'Dowd y Mark Hay estudiaron en 1980 su relación con Datura discolor, una solanácea del desierto. Las obreras se llevan las semillas por un apéndice nutritivo, lo aprovechan en el nido y tiran la semilla intacta al basurero, a una media de 2,3 m de la planta madre. Ese viaje la salva: bajo la copa de la planta, los roedores se llevaban unas 10 veces más semillas. Es un mutualismo de libro, aunque las daturas son muy tóxicas y no tienen sitio en un hormiguero.

Guerra entre vecinas

Sus colonias no se llevan bien con las vecinas. En el desierto de Mojave, De Vita observó en 1979 que, tras las peleas entre colonias, las obreras volvían al nido y se quedaban dentro durante mucho tiempo, y la colonia recogía menos semillas: la guerra no solo mata, también paraliza. En otro estudio, de 1986, sus nidos aparecían más espaciados de lo que tocaría por azar, el patrón típico de la competencia, y los datos apuntaban a que las colonias establecidas eliminan a las reinas que intentan fundar cerca.

También tiene enemigos especializados. Los lagartos cornudos (Phrynosoma) del suroeste norteamericano comen sobre todo hormigas cosechadoras, y en el sur de California la invasora hormiga argentina desplaza a las hormigas nativas y los deja sin su comida principal. Frente a P. californicus, la hormiga argentina usa química: la rocía con unos compuestos irritantes, los iridoides.

La hormiga que daba visiones

Pocas hormigas tienen una historia cultural como esta. Entre varios pueblos indígenas del centro-sur de California, sobre todo los kitanemuk, los kawaiisu, los tübatulabal y los chumash del interior, los jóvenes tragaban hormigas cosechadoras rojas vivas, sin masticar y en enormes cantidades, a menudo más de 400, para caer en un estado de inconsciencia prolongado. En ese trance se les aparecían los espíritus protectores, los «ayudantes de sueño», que podían acompañarles como aliados durante toda la vida. Más al sur, los chicos pasaban un rito de iniciación tumbados sobre un hormiguero, cubiertos de hormigas, para endurecerse. Y las hormigas se usaban como remedio contra la parálisis, el reumatismo y otros dolores.

¿Qué hormiga era? En 2001, el antropólogo Kevin Groark lo confirmó: una nota de 1933 del etnógrafo John P. Harrington la identificaba como Pogonomyrmex californicus, y en la colección de la Smithsonian aparecieron los ejemplares que había reunido Harrington. Para Groark, es el único caso bien documentado del uso generalizado de un insecto como alucinógeno. Algunos grupos yokuts la llamaban k'awk'aw, «hormigas locas». Esto es historia, no una sugerencia: su veneno es muy activo (ver «Manejo y seguridad»).

Un astrónomo entre hormigas

En 1920, la revista PNAS publicó un informe sobre unas obreras rarísimas de P. californicus, los pterergados: obreras con pequeños muñones de alas, a medio camino entre obrera y reina. Lo firmaba, desde el observatorio de Mount Wilson, Harlow Shapley, uno de los grandes astrónomos del siglo XX, el que demostró que el Sol no está en el centro de la Vía Láctea y que ese mismo año protagonizó el «Gran Debate» sobre el tamaño del universo. Shapley era un apasionado de las hormigas, y en sus ratos libres en el observatorio también midió cómo cambia con la temperatura la velocidad de las obreras en sus senderos.

Tamaño y morfología

Mirmicina robusta, con obreras de una sola casta que varían algo de tamaño, sin soldados y armada con aguijón.

  • Coloración. De rojo ferruginoso a rojo anaranjado. Según la revisión del género de Cole (1968), el color cambia de forma gradual de una región a otra: hay poblaciones casi uniformemente rojas y otras, del interior, con el gáster más oscuro, hasta pardo o negro.
  • Coloración de nuestras colonias. Rojo ferruginoso anaranjado uniforme, con el gáster algo más oscuro hacia la punta.
  • Cabeza. Con estrías longitudinales bien marcadas, mandíbulas fuertes y el psammóforo bien visible debajo.
  • Obreras. Monomórficas: no hay soldados de cabeza enorme, como en Messor, aunque unas obreras son algo más grandes que otras.
  • Reina. Pequeña para su género y con poca grasa, algo ligado a su fundación semiclaustral.
  • Macho. Alado; no hemos encontrado ninguna descripción con medidas.
  • Desarrollo. Como en todas las mirmicinas, las pupas están desnudas, sin capullo. A 30 °C, las primeras obreras nacen hacia el día 33–36 de la fundación.

Medidas aproximadas

  • Obreras: anchura media de la cabeza, 1,63 mm
  • Longitud total de las obreras: sin medidas científicas publicadas
  • Reina y macho: sin medidas científicas publicadas

La anchura de la cabeza procede de un estudio de 2002. Las longitudes en milímetros de algunas tiendas no proceden de mediciones publicadas, así que preferimos no darlas: es una especie muy estudiada en su comportamiento y su genética, pero casi nada en sus medidas.

Mantenimiento en cautividad

Dificultad: 3/5 – Avanzado

Una colonia establecida es resistente, fácil de alimentar y muy agradecida de observar. Pero llegar hasta ahí pide algo de experiencia:

  • Una fundación semiclaustral. La reina necesita comer: hay que montarle un tubo con miniarena, alimentarla y limpiar con cuidado desde el primer día.
  • Calor y granero. Crece bien a 26–30 °C y necesita un nido con una zona húmeda para la cría y un granero seco.
  • Las reinas en grupo. Se mantienen tal como llegan: juntar o añadir reinas puede acabar en peleas a muerte.
  • La picadura. Es potente, como en todas las Pogonomyrmex, y obliga a trabajar con herramientas y con barrera antifugas.

Y merece mucho la pena. Verás a las obreras cargar arena con su barba, llenar el granero y lanzarse sobre un insecto, y, con un grupo de reinas, tendrás en casa una de las sociedades más raras del mundo de las hormigas. Si te atrae el género, en Antomas tienes también Pogonomyrmex badius, Pogonomyrmex bicolor y Pogonomyrmex rugosus híbrida.

Parámetros recomendados

  • Temperatura del nido: 26–30 °C en la temporada activa. Los laboratorios crían sus colonias a 30 °C constantes, o a 35 °C de día y 26 °C de noche, y los criadores coinciden en que por debajo de unos 24 °C el crecimiento se frena mucho. Si hace falta, calor suave en un lateral del nido, con termostato.
  • Humedad: una zona húmeda para la cría, sin encharcar, y un granero seco; la zona de forrajeo, seca. Lo importante es que las semillas no se mojen.
  • Agua: siempre disponible, en un tubo de ensayo con agua y algodón en la zona de forrajeo.
  • Luz: basta con dejarles la zona oscura en el nido y el forrajeo con luz, con un ciclo normal de día y noche.
  • Diapausa: unos 3–4 meses, más o menos de diciembre a febrero, a 10–15 °C (ver «Diapausa»).

Hormigueros recomendados

En Antomas recomendamos la gama Qbik Alpha de Anthouse, la misma que para las Messor: hormigueros modulares, más bien secos, que crecen con la colonia y en los que es fácil separar la zona húmeda de la cría del granero seco. Para empezar, un QBIK ONE con galerías medianas:

Cuando la colonia crezca, el siguiente paso es el QBIK DUO, y después los formatos mayores de la misma gama:

Amplía cuando veas muchas obreras quietas en la zona de forrajeo, sin sitio dentro; un nido demasiado grande para una colonia pequeña acaba con cámaras convertidas en basurero, moho y ácaros. Completa el montaje así:

  • Zona húmeda y granero seco. Humedece solo la parte del nido destinada a la cría; la colonia aprende enseguida a guardar el grano en la zona seca.
  • Arena en la zona de forrajeo. Una capa fina de arena seca les permite usar su psammóforo y montar su basurero.
  • Agua en tubo de ensayo con algodón, nunca al descubierto: se pueden ahogar.
  • Bebedero para los líquidos azucarados, nunca en algodón (ver «Alimentación»).
  • Barrera de aceite mineral y tapa bien ajustada (ver «Fugas y barreras»).

Fundación: reinas con prole, solas o en grupo

En Antomas vendemos reinas fundadoras con prole: reinas solas o grupos de 2 o 3 reinas que ya han empezado su colonia, con huevos, larvas o pupas. Como la fundación es semiclaustral, la clave es que las reinas puedan salir a comer. Por eso recomendamos un tubo con miniarena:

  • El tubo es la cámara de cría. Mantenlo tal como llega, con su depósito de agua tras el algodón, a oscuras y a 26–30 °C, mejor en la parte alta del rango.
  • La miniarena es la despensa. Conecta la boca del tubo a una zona de forrajeo pequeña, con el fondo de arena fina y seca y una franja de aceite mineral en lo alto de las paredes. Ahí pondrás la comida, para que las reinas salgan a buscarla, como en el campo.
  • Comida desde el primer día. Unas pocas semillas pequeñas y blandas (de césped, sésamo, chía o amapola) y, una o dos veces por semana, una presa pequeña, como una Thermobia o un trocito de grillo. Como referencia, los laboratorios dan a cada reina unas 3 semillas de césped cada 3 días. Retira al día siguiente la proteína que sobre, y las semillas que se mojen o germinen.
  • Semillas, lejos del algodón: si lo tocan, germinan o se enmohecen, y sus raíces se beben el agua del tubo.
  • Molestias, las justas. Obsérvalas con delicadeza, sin mover el tubo. Que una reina salga a la miniarena no es una mala señal: es justo lo que tiene que hacer.

Los grupos de 2 o 3 reinas, tal como llegan. Es la regla más importante de esta ficha. Las reinas de un grupo ya conviven y crían juntas, y así deben seguir: no las separes, no añadas reinas nuevas y no juntes reinas de tubos distintos. Incluso en las poblaciones cooperativas, la agresión causó el 20 % de las muertes de reinas en los grupos de fundación (ver «El dilema de la fundadora»). Si una reina de un grupo muere en las primeras semanas, no la sustituyas: es un riesgo natural de la fundación.

¿Una reina sola o un grupo? En la mayor parte de su área, la especie funda con una sola reina, y una reina sola con prole puede sacar adelante su colonia con comida, calor y tranquilidad. Pero en las poblaciones cooperativas los grupos sobreviven y crecen mucho mejor (ver «Juntas sobreviven»). Si buscas la opción más robusta, y ver con tus propios ojos una sociedad de varias reinas, elige un grupo.

¿Cuándo pasarlas al nido? Con unas 10–15 obreras, como recomiendan los criadores, o antes si el tubo se queda pequeño, se ensucia o se queda sin agua, y siempre a un QBIK ONE con galerías medianas.

Llegada y mudanza

Al recibir tus reinas, déjalas reposar en un lugar tranquilo y oscuro, a 26–30 °C, comprueba que el tubo tiene agua y conéctalo cuanto antes a su miniarena, con algo de comida. Para pasarlas al hormiguero, en Antomas lo hacemos por volcado: con el hormiguero ya montado, la zona húmeda lista y la barrera puesta, abrimos el tubo en la zona de forrajeo, junto a la entrada del nido, y volcamos con suavidad a las reinas, las obreras, la cría y las semillas, ayudando a las rezagadas con un pincel. Trabaja sobre una bandeja y con pinzas largas, porque pican, y deja el nido a oscuras: en pocas horas habrán llevado la cría a la zona húmeda y empezado a ordenar el granero. Para pasarlas a un QBIK DUO, el mismo método.

Alimentación

Semillas: la base de su dieta. Ofréceles una mezcla variada de semillas pequeñas, limpias, sin tratar, sin sal y sin tostar, y observa cuáles prefiere tu colonia. Los laboratorios las crían con semillas de césped (Poa pratensis) y sésamo a partes iguales, y los criadores citan también amapola, chía, diente de león, alpiste, mijo, amaranto y, para colonias grandes, pipas de girasol peladas. En colonias jóvenes, mejor semillas pequeñas y blandas: las grandes y oleosas cuestan de partir y se enmohecen antes. Nada de semillas silvestres sin identificar, tratadas o de Datura.

  • Deja las semillas en la zona de forrajeo para que las lleven al granero seco; nunca en la zona húmeda ni en contacto con el algodón.
  • Retira dos o tres veces por semana las semillas germinadas o con moho, y vacía el basurero de vez en cuando.
  • En una colonia pequeña, poca cantidad y a menudo; en una grande, más, porque la almacena.

Proteína: cuanta más, mejor. Aunque sean cosechadoras, la proteína animal es el motor de su crecimiento: la reina la necesita para poner y las larvas, para crecer. Un criador estadounidense lo resumía con humor: si quieres que tu colonia se desmadre, dale proteína. Es la filosofía de Antomas: si haces mantenimiento a diario y retiras los restos, es mejor sobrealimentar, porque la colonia entiende que tiene más recursos y crece más deprisa y en mayor número. Si no vas a poder limpiar a menudo, mejor no sobrealimentar: la proteína que sobra se pudre y trae moho y ácaros. Cambia el tipo de insecto de una semana a otra, para que no coman siempre lo mismo:

Compra los insectos a un proveedor fiable, porque los tratados con insecticidas pueden matar a la colonia, y retira los restos en 24 horas.

Azúcares, como complemento. No son la base de su dieta, pero muchas colonias los aceptan con ganas. Ofrécelos de vez en cuando, una o dos veces al mes, como hacemos en Antomas con las granívoras, variando: casi siempre el Néctar Blue Sugar de Anthouse y, de vez en cuando, otro néctar o líquido azucarado; también puedes añadir algo de proteína al néctar. Siempre en un bebedero, donde la gota quede «tendida» y accesible, y nunca en algodón, que se enmohece y estropea el líquido enseguida.

Agua: siempre, en el tubo de ensayo con algodón. Aunque coman semillas secas, el agua no les puede faltar.

Diapausa

Ningún estudio ha demostrado que tenga una diapausa obligatoria, y los laboratorios la crían a 30 °C todo el año. Pero su área natural incluye sierras con heladas y desiertos de noches frías en invierno, y en la naturaleza su actividad cae mucho en esa época. En Antomas le hacemos la diapausa de una especie del suroeste de Estados Unidos, como a las Myrmecocystus de esa región: unos 3–4 meses, más o menos de diciembre a febrero, a 10–15 °C.

  • Baja la temperatura poco a poco, a lo largo de una o dos semanas, y súbela igual al final.
  • Sin calor artificial: una habitación fresca o un trastero sin calefacción suelen servir.
  • Agua siempre disponible y semillas en el granero; proteína, poca o ninguna.
  • Al terminar, vuelve al calor y a la proteína en cuanto veas actividad y cría.

¿Y una fundación? Si llega el invierno y tus reinas todavía no tienen obreras, en Antomas preferimos mantenerlas activas, con calor y comida, hasta que nazcan las primeras, y hacer la diapausa al invierno siguiente: una reina semiclaustral sin obreras depende de lo que come.

Comportamiento en cautividad

Ordenadas. En pocos días verás la casa organizada: la cría, en la zona húmeda; el granero, en la seca, y el basurero, fuera.

Crecimiento. El arranque es lento: en laboratorio, a 30 °C, las colonias tardaron de 70 a 184 días en llegar a 10 obreras, según el número de reinas. Después se acelera: en otro estudio, colonias de unas 50 obreras pasaron a unas 770 de media en tres años y medio.

Alarma rápida y territoriales. Responden con fuerza a cualquier perturbación, y la propagación de su alarma se ha estudiado incluso con seguimiento automático por vídeo: si golpeas el hormiguero, saldrán en masa a defenderlo. No juntes colonias ni conectes hormigueros entre sí: en un hormiguero no tienen adónde retirarse.

Observar sin miedo. En Antomas pensamos que las hormigas están para disfrutarlas, observarlas y aprender de ellas, no para tenerlas escondidas. Basta con dejarles su zona oscura en el nido y el forrajeo con luz, y observarlas con delicadeza, interviniendo y estresándolas lo menos posible.

Señales de alarma: si una fundación no crece o pierde cría, revisa la comida de la miniarena y la temperatura; si hay moho o semillas germinadas en el granero, sobra humedad; y si mueren muchas obreras en poco tiempo, revisa el agua, la temperatura y los restos.

Fugas y barreras

Tiene una ventaja: trepa mal. Ya en 1933, Harrington anotó que no era capaz de salir de una botella, y algunas guías de cría dicen que no sube por el vidrio ni por el acrílico limpios. Pero con una picadura como la suya no merece la pena arriesgarse:

  • Una franja de aceite mineral en la parte alta de las paredes de la zona de forrajeo, también en la miniarena. Renuévala cuando acumule polvo o restos.
  • Tapa bien ajustada, sin rendijas en conexiones ni tapones.
  • Nada que sirva de puente hasta la barrera.

Manejo y seguridad

Pican, y la picadura es potente, como en todas las Pogonomyrmex. El género tiene algunos de los venenos de insecto más tóxicos que se conocen, según los ensayos con ratones, aunque de P. californicus no hay una cifra propia. Un estudio de 2024 explicó por qué duele tanto y durante tanto tiempo: su veneno lleva unos péptidos que activan los canales de sodio de los nervios sensoriales de los vertebrados. Además, en las especies de su grupo, el aguijón puede quedarse clavado en la piel. En la práctica:

  • Manipúlalas siempre con herramientas, pinzas largas y un pincel suave, nunca con las manos.
  • Abre el hormiguero lo justo, trabaja con calma y ciérralo al terminar.
  • No se recomienda a personas alérgicas a las picaduras de insectos.

Es una especie exótica: en ningún caso debe liberarse.

Qué no hacer

  • Juntar reinas, añadir reinas a una colonia o separar un grupo que llega formado.
  • Encerrar a una reina en fundación sin acceso a comida.
  • Tenerlas por debajo de unos 24 °C en la temporada activa.
  • Poner las semillas en la zona húmeda o en contacto con el algodón.
  • Darles semillas silvestres sin identificar, tratadas o de Datura.
  • Quedarse corto con la proteína, darles siempre el mismo insecto o dejar restos.
  • Poner los líquidos azucarados en algodón o el agua al descubierto.
  • Hacer la diapausa a una fundación sin obreras o cambiar la temperatura de golpe.
  • Juntar colonias o manipularlas con las manos.

Fuentes científicas

Esta ficha se ha elaborado a partir de la bibliografía científica sobre Pogonomyrmex californicus y su género, de la etnografía de California y de la experiencia de Antomas y de otros criadores. Referencias principales:

  1. Shapley, H. (1920). Preliminary report on pterergates in Pogonomyrmex californicus. Proceedings of the National Academy of Sciences 6: 687–690. doi:10.1073/pnas.6.12.687
  2. O'Dowd, D. J. & Hay, M. E. (1980). Mutualism between harvester ants and a desert ephemeral: seed escape from rodents. Ecology 61: 531–540. doi:10.2307/1937419
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