Comprar Odontomachus banksi – Hormiga Mandíbula Trampa | Antomas
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Odontomachus banksi - Hormiga Mandíbula Trampa Gigante

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Un cepo viviente. La hormiga mandíbula trampa gigante, Odontomachus banksi, recorre la hojarasca de las selvas de montaña del sudeste asiático con las mandíbulas abiertas como una trampa armada. Cuando una presa roza sus pelos disparadores, las cierra en una fracción de milésima de segundo: el golpe de las Odontomachus es uno de los movimientos más rápidos del reino animal. Obreras de hasta 16 mm, bicolores, con la cabeza amarillo-anaranjada sobre un cuerpo castaño rojizo, un aguijón de verdad y la capacidad de salir disparadas de un mandibulazo; hasta el néctar lo beben cargando la gota entre las mandíbulas. La más singular de su grupo y una rareza casi ausente del hobby, para criadores con experiencia. Colonias con reina. Envío a toda Europa, llegada viva garantizada.

Colonia

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Dificultad: 4/5 – Avanzado

Una de las grandes hormigas de mandíbula trampa del sudeste asiático: obreras de hasta 16 mm, bicolores, con la cabeza amarillo-anaranjada sobre un cuerpo castaño rojizo, aguijón de verdad y unas mandíbulas que se cierran en una fracción de milésima de segundo. Colonias con reina. 24–27 °C constantes todo el año, sin diapausa, nido húmedo (70–80 %) con fibra de coco y algo de arena fina, azúcar en bebederos para mandíbula trampa y muchísima proteína. Clave: que el nido no se seque nunca, y barrera de aceite y tapa siempre cerrada, porque, aunque trepan mal, pueden subir por el metacrilato, y saltan.

Odontomachus banksi Forel, 1910 es una hormiga de mandíbula trampa del sudeste asiático: una ponerina grande y esbelta que recorre despacio la hojarasca de la selva con las mandíbulas abiertas hacia los lados, como un cepo armado, y las cierra de golpe cuando una presa roza sus pelos disparadores. Vive en bosques tropicales húmedos de árboles gigantes, en laderas de montaña, y pertenece a un grupo de especies que tiene su centro en las islas de esa región.

En Antomas la llamamos hormiga mandíbula trampa gigante, y el nombre le sienta bien: sus obreras miden hasta 16 mm, y la reina, unos 16,5 mm. Es, además, una hormiga con historia: parte de sus ejemplares originales se perdió en una guerra, su primera descripción llevaba una errata y los especialistas la consideran la más distinta de su grupo. Es muy rara en el hobby y, con unos cuidados muy concretos, todo un espectáculo. Empecemos por su historia.

Biología

Unos tipos que se perdieron en la guerra

El mirmecólogo suizo Auguste Forel describió la especie en 1910, en un artículo sobre las hormigas de Filipinas, a partir de obreras de Luzón. Las había recogido Charles Sumner Banks (1875–1939), un entomólogo estadounidense que trabajaba en el archipiélago. Forel no explica el nombre, pero todo apunta a un homenaje a su recolector: en ese mismo artículo le dedicó otras dos hormigas, Monomorium banksi y Vollenhovia banksi.

Los ejemplares con los que se describe una especie, los tipos, son su referencia definitiva. Parte de los de O. banksi se guardaba en el Bureau of Science, el centro científico de la administración colonial, y esa colección se destruyó durante la Segunda Guerra Mundial. Por suerte, Forel había conservado algunos en su colección personal, que hoy está en el Museo de Historia Natural de Ginebra: tres obreras pinchadas en un mismo alfiler. En 2011, Daniela Sorger y Herbert Zettel, al revisar las Odontomachus filipinas, eligieron la de arriba como lectotipo, el ejemplar único que desde entonces fija qué es O. banksi.

La errata de 1910: una «reina» que era obrera

La descripción de Forel guarda una curiosidad. En los textos de la época, cada casta se marcaba con un símbolo, y Forel puso junto a la especie el de la hembra, «♀», que se usaba para la reina. Pero todo lo que describe es de obrera. Sorger y Zettel lo atribuyen a una errata de imprenta: los caracteres que da Forel solo pueden ser de obreras.

La reina de verdad tuvo que esperar seis años. En 1916, el entomólogo alemán H. Viehmeyer publicó, a partir de un solo ejemplar, la primera descripción de la reina, y lo dejó claro por escrito: «noch nicht beschrieben», es decir, «aún no descrita». Medía 16,5 mm y se parecía mucho a la obrera, con la cabeza «quizá algo más ancha». Más de un siglo después, esa sigue siendo la única descripción publicada de la reina de O. banksi. Y el macho ni siquiera se ha descrito.

La más distinta de su grupo

Dentro de Odontomachus, los taxónomos reúnen las especies emparentadas en grupos. O. banksi pertenece al grupo O. infandus: hormigas grandes y esbeltas, de antenas y patas largas, con la cabeza alargada, mandíbulas largas de dientes afilados, un tórax con un dibujo de estrías propio de cada especie y un pecíolo alto, rematado por una espina larga. Al mismo grupo pertenecen otras dos especies que puedes encontrar en Antomas: O. infandus, la más común, y O. schoedli, la de montaña.

Y entre todas ellas, O. banksi destaca. Sorger y Zettel la llaman, literalmente, «el miembro filipino más distinto del grupo de especies O. infandus». Estos son sus rasgos:

  • Bicolor. Cabeza castaño clara o amarillo-anaranjada, que contrasta con el tórax y el pecíolo, castaño rojizos, y un gáster castaño oscuro. O. infandus es oscura, y O. schoedli tiene la cabeza y el tórax del mismo castaño chocolate.
  • Peluda. El tórax lleva pelos largos y densos, mientras que en sus parientes son escasos.
  • Estriada. El costado del tórax, la mesopleura, está estriado entero (en O. infandus, el centro es casi liso), y el pronoto dibuja estrías circulares, con bucles cerrados.
  • Una espina recta. La espina del pecíolo es larga, aguda y recta; en O. infandus se curva hacia atrás.

Por tamaño no se distinguen: las tres miden casi lo mismo (ver «Medidas aproximadas»). Lo más revelador es dónde vive. Su área queda dentro de la de O. infandus, más común y extendida, y aun así conserva todas sus diferencias. Para los autores, eso indica claramente que es una especie propia y no una simple variante.

Cada montaña, su Odontomachus

El grupo O. infandus tiene su centro en Filipinas, y es un grupo de bosque. Sus especies filipinas son endémicas, es decir, no viven en ningún otro lugar, y casi todas son parapátricas: cada una ocupa su propio territorio, en contacto con el de la vecina, pero apenas se solapan. El resultado es un mosaico en el que casi cada isla, o cada sistema de montañas, tiene su propia mandíbula trampa:

  • O. banksi, en el centro y el sur de Luzón;
  • O. schoedli, en las montañas del norte de la misma isla, con el ejemplar tipo recogido a 1.600 m;
  • O. infandus, la más extendida, en toda Luzón y en parte de una isla vecina;
  • y otras especies, como O. alius, O. scifictus u O. pangantihoni, cada una en su isla.

En 2011, Sorger y Zettel contaban 11 especies de Odontomachus en Filipinas, dos de ellas aún sin nombre, y ocho pertenecían al grupo O. infandus. Las tres restantes no son endémicas, y entre ellas hay una auténtica rareza: O. malignus, que caza entre los corales cuando baja la marea. Desde entonces se han descrito al menos dos especies más, así que el archipiélago ya pasa de la docena.

¿Cómo se forma un mosaico así? En 2018, una filogenia de las Odontomachus del Indopacífico, con O. banksi incluida, apoyó la teoría del ciclo de taxones: los linajes que salen del interior del bosque a hábitats abiertos se dispersan más, colonizan islas nuevas y, con el tiempo, dan lugar a especies endémicas que vuelven a refugiarse en el interior del bosque. O. banksi, endémica y ligada a la selva, encaja en ese retrato, aunque esto último es una lectura nuestra.

Selvas de árboles gigantes, sin invierno

Sorger y Zettel la encontraron «solo en bosques de dipterocarpáceas, a veces degradados, en laderas de montaña». Las dipterocarpáceas son la familia de árboles gigantes que domina las selvas del sudeste asiático. Así describen los mismos autores a estas hormigas en el campo: una obrera grande que avanza despacio por la hojarasca, con las mandíbulas abiertas hacia los lados, lista para cerrarlas de golpe en cuanto una presa toque sus largos pelos disparadores. La altitud a la que vive no se ha publicado.

Tampoco se sabe nada de sus nidos. En el género, la mayoría de las especies anidan en el suelo, en la hojarasca o en madera podrida. Para su pariente O. infandus, Sorger y Zettel creen que los requisitos principales del lugar del nido son la humedad y la sombra. Es una pista muy valiosa para criarla.

El clima de su área es el de una selva tropical sin invierno. En las tierras bajas, la temperatura media mensual ronda los 26–29 °C, con menos de 3 °C de diferencia entre el mes más fresco y el más cálido; las mínimas medias no bajan de unos 23 °C, y en buena parte de su área la humedad del aire ronda el 85–90 % todo el año. Llueve todos los meses, y en muchas zonas no hay estación seca. En las laderas, bajo el dosel, hará algo menos de calor. Las obreras conocidas se recogieron en meses tan distintos como febrero, marzo, mayo y septiembre: todo indica que es una hormiga activa durante todo el año.

Mandíbulas de 230 km/h: un récord del género

Es el dato más famoso de las Odontomachus, y conviene contarlo bien. En 2006, el equipo de Sheila Patek filmó a 50.000 fotogramas por segundo a obreras de O. bauri, una especie americana, recogidas en Costa Rica. El cierre completo de las mandíbulas duró de media 0,13 milésimas de segundo, y el más rápido, 0,06. La punta de la mandíbula alcanzó una velocidad media de 38 m/s, unos 137 km/h, y un máximo de 64,3 m/s: más de 230 km/h. Y cada mandíbula golpeó con una fuerza de más de 300 veces el peso de la hormiga.

Así que los famosos 230 km/h son el máximo medido en el género, en O. bauri, y no en O. banksi. De hecho, nadie ha medido todavía el golpe de O. banksi, ni el de ninguna Odontomachus asiática. Lo que sí se sabe es cómo cambia con el tamaño. En 2008, Spagna y sus colegas filmaron cuatro especies americanas: las velocidades medias quedaron en 36–49 m/s, y las especies grandes aceleraban menos, pero golpeaban con más fuerza. La mayor, O. chelifer, lo hacía con unas cuatro veces la fuerza de la más pequeña. Si la regla vale también en Asia, una especie del tamaño de O. banksi estaría del lado de la fuerza bruta (es una deducción, no una medida).

Eso sí, ya no es el récord absoluto: en 2018 se midió en la hormiga Drácula, Mystrium camillae, un chasquido de hasta 90 m/s, con un mecanismo distinto, en el que una mandíbula resbala sobre la otra, como cuando chasqueamos los dedos. El golpe de las Odontomachus sigue siendo, en cualquier caso, uno de los movimientos más rápidos del reino animal.

Neuronas gigantes para un gatillo de milisegundos

¿Cómo se consigue un golpe así? Con un mecanismo de catapulta, como el de una ballesta:

  • El pestillo. Al abrir las mandíbulas, la base de cada una se engancha en una muesca de la articulación y queda bloqueada en abierto.
  • El muelle. El gran músculo cierre, lento y potente, se contrae durante varios segundos y carga de energía un «muelle», probablemente la propia cutícula de la mandíbula y de la cabeza.
  • El gatillo. Un músculo diminuto y rápido saca la mandíbula de la muesca, y la energía se libera de golpe en menos de una milésima de segundo.

El gatillo lo aprietan unos pelos disparadores largos, en el borde interno de las mandíbulas. Cada uno lleva una neurona sensorial gigante, con un axón de 15–20 micras de grosor, de los más gruesos que se conocen. Lo descubrieron Wulfila Gronenberg, Jürgen Tautz y Bert Hölldobler en 1993, y dos años después Gronenberg describió el circuito: dos neuronas sensoriales gigantes y dos motoras gigantes por lado, probablemente unidas por una sola sinapsis. Desde que algo roza los pelos hasta que las mandíbulas se cierran pasan menos de 10 milésimas de segundo.

Los pelos, curiosamente, no lo deciden todo: las obreras tocan a sus compañeras sin disparar, y quitarles los pelos no les impide golpear. Además, estas mandíbulas no son solo un arma, porque también sirven para cuidar de la cría y para construir el nido. Y el invento no es único: la mandíbula trampa ha aparecido al menos cuatro veces en la evolución de las hormigas, y el pariente más cercano de Odontomachus es su género hermano, Anochetus, al que pertenece nuestra hormiga mandíbula trampa cobriza, Anochetus princeps.

El salto balístico

Un golpe tan potente tiene un efecto curioso: si la mandíbula choca contra algo duro, el retroceso lanza a la hormiga por los aires. El equipo de Patek distinguió dos saltos en O. bauri:

  • El salto de escape. La hormiga golpea el suelo con las mandíbulas y sale disparada hacia arriba, hasta 8,3 cm, girando sobre sí misma unas 63 veces por segundo.
  • El rebote defensivo. Golpea a un intruso o un objeto grande y sale despedida en horizontal, hacia atrás, hasta casi 40 cm (39,6 cm).

En la entrada del nido, el rebote sirve para expulsar a los intrusos a golpes: lo hacen las obreras de O. ruginodis, que montan guardia con la trampa armada. ¿Y el salto de escape funciona? En 2015, Fredrick Larabee y Andrew Suarez enfrentaron a obreras de O. brunneus con larvas de hormiga león. En 117 encuentros, alrededor de un tercio de las hormigas acabó atrapada, la mitad escapó corriendo y un 15 % se salvó de un salto de mandíbulas. A las que tenían las mandíbulas pegadas les fue bastante peor. Los autores lo resumen así: unas mandíbulas que evolucionaron para cazar se han reaprovechado para huir.

Saltar con las patas es otra historia: lo hacen otras ponerinas, como las Harpegnathos, entre ellas nuestra Harpegnathos venator. Y en Borneo vive O. rixosus, la única hormiga conocida que salta de las dos maneras, con las patas o con las mandíbulas. Lo descubrió en 2015 Daniela Sorger, la misma autora de la revisión de las Odontomachus filipinas. De O. banksi no hay medidas de salto, pero en casa basta con saber que pueden salir despedidas: por eso, la tapa, siempre cerrada (ver «Fugas y barreras»).

Una cazadora paciente que bebe con las mandíbulas

Las Odontomachus son depredadoras generalistas de artrópodos, y muchas especies están en parte especializadas en termitas. La secuencia de caza es siempre parecida: palpan la presa con las antenas, la golpean con las mandíbulas, a menudo varias veces, y, si hace falta, la pican. En Panamá, Birgit Ehmer y Bert Hölldobler siguieron a las obreras de O. bauri: cazaban solas, bajo la hojarasca, y volvían con presa al menos en el 28 % de sus salidas; la mayoría de las presas medían 3–4 mm, sobre todo termitas, y las presas grandes solían encontrarlas ya muertas. Según los autores, en estas especies la velocidad del cierre sirve más para dar potencia al golpe que para atrapar presas huidizas: más que un lazo, es un martillazo.

No son cazadoras temerarias: se acercan con cautela a las presas peligrosas, y se ha visto que O. troglodytes aprende a evitar las que le hacen daño. Y no todo es carne: algunas especies del género atienden a insectos que producen mielada, visitan nectarios o comen fruta.

Aquí viene un detalle precioso. Con esas mandíbulas, ¿cómo se lleva un líquido al nido? Muchas hormigas tragan el néctar y lo regurgitan después a sus compañeras. Las Odontomachus, en cambio, transportan la gota sujeta entre las mandíbulas y se la pasan de una a otra, como un cubo. Se describió ya en 1971, en una Odontomachus africana que recogía mielada en los cacaotales, y lo recoge una revisión de 2021 sobre cómo comparten líquidos las hormigas. Es la razón por la que, en casa, el azúcar tiene que estar en forma de gota libre y accesible (ver «Alimentación»).

Un aguijón que no es de adorno

Además de la trampa, las obreras tienen un aguijón potente en la punta del abdomen. En el género, la picadura forma parte de la caza, sobre todo con presas grandes, aunque O. bauri no llegaba a picar a las termitas: le bastaba con el golpe.

El veneno de O. banksi no se ha estudiado, pero sí el de una especie asiática del género, O. monticola. En 2017, un equipo japonés analizó sus glándulas del veneno y vio que el 98,5 % de los transcritos de toxinas correspondía a péptidos de tipo pilosulina, llamados así por la hormiga australiana en la que se descubrieron, Myrmecia pilosula. Los acompañan enzimas como la hialuronidasa, que ayuda a que el veneno se extienda por los tejidos. Los autores añaden que O. monticola no es agresiva con las personas, aunque su picadura duele y deja picor durante un tiempo.

En la experiencia de Antomas, la picadura de O. banksi suele ser dolorosa; con un manejo tranquilo y con herramientas, es raro que llegue a pasar (ver «Manejo y seguridad»).

Capullos que necesitan arena

Como casi todas las ponerinas, las Odontomachus pupan dentro de un capullo de seda, de color pardo claro a oscuro. Y aquí hay un detalle clave para cualquier criador: según la revisión del género que publicó William L. Brown en 1976, las larvas necesitan arena o tierra suelta para completar el capullo. Sin partículas a las que fijar los hilos, no consiguen cerrarlo.

Los criadores lo confirman. La guía de cría de O. haematodus de una comunidad de aficionados insiste en que hace falta arena muy fina o tierra, y en que, sin un sustrato adecuado, la cría falla una y otra vez. Un criador de Odontomachus contaba que, en tubos de ensayo, las larvas de su segunda generación a menudo no llegaban a pupar, y que sus colonias solo prosperaron en un montaje con tierra.

Por eso, en Antomas montamos sus nidos con fibra de coco húmeda y algo de arena fina en las cámaras: les da las partículas que necesitan para hilar y, de paso, retiene la humedad (ver «Hormiguero recomendado»).

Reinas y colonias: lo que aún no se sabe

De la vida social de O. banksi en la naturaleza no se ha publicado nada: ni cómo son sus nidos, ni cuántas reinas tiene cada colonia, ni cuántas obreras llega a reunir.

El género, eso sí, da pistas. La mayoría de las especies tienen reinas aladas y una fundación semiclaustral: la reina sale a cazar mientras cría a sus primeras obreras, como se ha visto en la asiática O. rixosus. En el número de reinas hay de todo: muchas especies son poligínicas, como O. chelifer, cuyas reinas forman jerarquías, mientras que en O. bauri solo se han encontrado colonias con una reina. Las colonias suelen tener varios cientos de obreras (unas 300 en O. bauri), aunque según la especie van de unas 18 a unas 10.000.

Y dentro de la colonia también hay política: en O. brunneus, las obreras se enfrentan en duelos ritualizados, que deciden quién se queda dentro, con la cría, y quién sale a buscar comida.

Tamaño y morfología

Ponerina grande y esbelta, de patas y antenas largas, cabeza alargada y mandíbulas largas y rectas, con la librea bicolor que la distingue de sus parientes.

  • Coloración. Bicolor: cabeza castaño clara o amarillo-anaranjada, que contrasta con el mesosoma (el «tórax») y el pecíolo, castaño rojizos, y gáster castaño oscuro, casi negruzco. El color de las patas y de las antenas no se ha descrito.
  • Cabeza. Larga, con prominencias marcadas en las sienes; estriada desde los lóbulos frontales hasta la cresta de los ojos, y el resto, lisa y brillante.
  • Mandíbulas. Largas y rectas, algo más de la mitad de largas que la cabeza, con los dientes de la punta largos y afilados y los pelos disparadores en el borde interno.
  • Mesosoma y pecíolo. Mesosoma aplanado, con pelos largos y densos, pronoto con estrías en bucle y mesopleura estriada entera (ver «La más distinta de su grupo»). Pecíolo alto, sin falso pedúnculo, con una espina larga, aguda y recta.
  • Aguijón. Potente y funcional.
  • Reina. Muy parecida a la obrera, con la cabeza quizá algo más ancha, buena parte del dorso del tórax de un amarillo rojizo y alas pardo claras, con las venas y el estigma oscuros.
  • Macho. Sin describir.

Medidas aproximadas

  • Obreras: 12,4–16 mm de longitud total
  • Cabeza de la obrera, sin mandíbulas: 2,90–3,70 mm de largo y 1,95–2,80 mm de ancho
  • Mandíbulas de la obrera: 1,63–2,05 mm
  • Reina: 16,5 mm
  • Macho: sin medidas, porque no se ha descrito

Las medidas de la obrera proceden de la redescripción de Sorger y Zettel (2011): el lectotipo mide 16 mm, y las obreras de cabeza más estrecha y más ancha que midieron, 12,38 y 15,75 mm. La medida de la reina es de Viehmeyer (1916), a partir de un solo ejemplar. Como referencia, en la misma revisión O. infandus mide 12,00–16,31 mm, y O. schoedli, 12,75–16,25 mm: las tres especies tienen prácticamente el mismo tamaño.

Mantenimiento en cautividad

Dificultad: 4/5 – Avanzado

No es una especie difícil por el clima: sus 24–27 °C son más fáciles de mantener en casa que el frescor que pide su pariente de montaña, O. schoedli. Su dificultad está en otras cuatro cosas:

  • La humedad. El nido tiene que estar húmedo siempre, sin encharcarse.
  • El apetito. Necesita muchísima proteína, y con regularidad.
  • La seguridad. Su picadura suele ser dolorosa, saltan con las mandíbulas y, aunque trepan mal, pueden subir por el metacrilato: el montaje tiene que estar bien cerrado, y el manejo, siempre con herramientas.
  • La falta de información. Apenas hay datos de cría publicados de esta especie.

Y merece mucho la pena. Pocas hormigas impresionan tanto: obreras de hasta 16 mm que patrullan con las mandíbulas abiertas, cazan de un golpe y llevan las gotas de néctar entre las mandíbulas.

Parámetros recomendados

  • Temperatura del nido: 24–27 °C, constante todo el año. Como en todo el género, conviene no pasar de unos 28 °C de forma sostenida.
  • Humedad del nido: alta y estable, un 70–80 %, sin encharcar.
  • Sustrato: fibra de coco húmeda con algo de arena fina en las cámaras.
  • Zona de forrajeo: limpia y algo más seca que el nido, con tapa siempre cerrada, barrera de aceite, agua en un tubo de ensayo con algodón y un bebedero para mandíbula trampa.
  • Luz: ciclo normal de día y noche, con el nido en penumbra.
  • Diapausa: no hace (ver «Sin diapausa»).

Si en invierno tu casa baja de 24 °C, usa una fuente de calor suave, con termostato, en un lateral del nido, nunca debajo de todo él, para que la colonia pueda elegir. En verano, busca la habitación más fresca, lejos del sol directo, y pon un termómetro junto al nido.

Humedad: lo que no se puede descuidar

Vive en selvas donde la humedad del aire ronda el 85–90 % todo el año, y su pariente O. infandus busca sitios húmedos y sombríos para anidar. En casa, el nido tiene que mantenerse a un 70–80 %, de forma constante: dejar que se deshidrate es un error grave. Un nido seco estresa a la colonia, frena la cría y deja a las larvas sin un sustrato húmedo donde hilar.

Cómo se nota que falta humedad: la fibra de coco se ve clara y suelta; las obreras se amontonan junto al tubo de agua, y aparecen larvas grandes que no consiguen hilar su capullo.

Cómo mantenerla: revisa a menudo el depósito del nido y rellénalo antes de que se vacíe, y humedece la fibra de coco cuando empiece a aclararse. Humedad alta no quiere decir encharcar: el agua estancada y el aire quieto traen moho y ácaros. Una ventilación suave y retirar los restos de comida son la mejor prevención. Algunos criadores añaden colémbolos como equipo de limpieza, para que se coman el moho incipiente y los restos pequeños.

Hormiguero recomendado

En Antomas recomendamos la gama Qbik Wild de Anthouse, de yeso, en su versión híbrida, la que mejor mantiene un nido muy húmedo y estable: bajo las galerías lleva un depósito de evaporación, separado de ellas, que transmite la humedad a través de una malla con carbón activo, para que el agua no se estanque, y se completa con un tubo bebedero lateral. El formato adecuado para nuestras colonias es el Qbik Wild Duo P 2C Híbrido.

Dentro del nido hace falta un sustrato imprescindible: fibra de coco con algo de arena fina, en una capa fina en las cámaras y siempre húmedo. Cumple dos funciones:

  • Para hilar. Las larvas necesitan partículas sueltas a las que fijar el hilo del capullo (ver «Capullos que necesitan arena»).
  • Para la humedad. Retiene el agua y la reparte por la cámara, como la hojarasca de la selva.

Vigila que siga habiendo fibra en las cámaras de cría, porque a veces las obreras la sacan del nido; si pasa, repón un poco. Usa fibra de coco sin abonos ni aditivos y arena fina lavada.

Fundación y crecimiento

En Antomas vendemos colonias con reina, obreras y cría, ya en marcha, así que te ahorras la fase más delicada. En el género, la reina funda de forma semiclaustral: sale a cazar para alimentar a sus primeras larvas.

Del desarrollo de O. banksi no hay datos publicados. Como referencia, los criadores de otras Odontomachus hablan de unas 8 semanas de huevo a obrera, que pueden alargarse a 12–16 semanas o más si falta proteína. Es decir, la proteína marca el ritmo: una colonia bien alimentada crece de forma constante, y una colonia con hambre se estanca y pierde larvas.

No esperes un hormiguero de miles de obreras. Nadie ha contado una colonia de O. banksi, pero en el género lo normal son varios cientos, y su encanto está en la calidad: cada obrera es un depredador de más de un centímetro. Cuando el nido se le quede pequeño, conecta otro. Y no juntes reinas ni colonias: en otras Odontomachus, las reinas que ya tienen cría se atacan entre sí.

Llegada y mudanza por volcado

Al recibir tu colonia, déjala reposar en un lugar tranquilo, a 24–27 °C, y comprueba que tiene agua. Para pasarla a su hormiguero, en Antomas lo hacemos por volcado: abrimos el tubo dentro de la zona de forrajeo, junto a la entrada del nido, y volcamos la colonia (obreras, reina y cría) con unos golpecitos suaves, ayudando a las rezagadas con un pincel. Tres consejos para esta especie:

  • Con la tapa a mano: alguna obrera puede salir despedida de un mandibulazo.
  • Con herramientas, nunca con los dedos: pincel y pinzas blandas.
  • El nido, listo: con la fibra de coco y la arena húmedas, el depósito lleno y en penumbra, para que lo ocupen enseguida.

Hazlo con calma y sin miedo: en pocas horas habrán ocupado el nido.

Alimentación

O. banksi es, ante todo, una cazadora: necesita muchísima proteína, además de líquidos azucarados y agua.

Proteína, abundante y variada. En Antomas recomendamos presa viva o muerta y, al principio, mientras la colonia se asienta, recién matada. Más adelante, las presas vivas te dejan ver la trampa en acción. Buenas opciones:

Cambia de presa a menudo (los criadores observan que no les gusta repetir la misma dos días seguidos) y aliméntalas a diario o en días alternos cuando haya larvas. Si una presa grande se queda en el forrajeo, ofrécela troceada. Compra los insectos a un proveedor de confianza: los tratados con insecticidas pueden matar a la colonia.

Cuanto más comen, mejor y más rápido crecen. Es la filosofía de Antomas: si haces mantenimiento a diario y retiras los restos, es mejor sobrealimentar, porque la colonia entiende que tiene más recursos y crece más deprisa y en mayor número. Si no vas a poder limpiar a menudo, mejor no sobrealimentar: la comida que sobra se pudre y trae moho y ácaros. Retira los restos antes de 24 horas; un criador de O. simillimus perdió su colonia entera por los ácaros.

Azúcar, en bebederos para mandíbula trampa. No hace falta ponerles líquidos azucarados todos los días: en Antomas se los ofrecemos 2–3 veces por semana, sobre todo el Néctar Blue Sugar de Anthouse y, alguna vez, otro néctar para variar. Con su pariente O. schoedli, en Antomas hemos visto que al principio le hacen poco caso: insiste, porque acaban tomándolo. Lo importante es cómo se lo ofreces. Como cargan la gota entre las mandíbulas (ver «Una cazadora paciente que bebe con las mandíbulas»), necesitan una gota libre, líquida y accesible:

  • usa bebederos especiales para mandíbula trampa, o pon la gota en un tapón, una concha o un trocito de papel de aluminio;
  • nunca en algodón: se enmohece, estropea el líquido y no les deja coger la gota;
  • cámbialo en cuanto se seque, se espese o empiece a fermentar.

Agua: siempre, en un tubo de ensayo con agua y algodón. Es lo único que nunca les puede faltar.

Sin diapausa

O. banksi no hace diapausa. Su clima no tiene invierno: la temperatura media apenas cambia unos grados a lo largo del año, llueve todos los meses y, bajo el dosel de la selva, el suelo amortigua todavía más los cambios (ver «Selvas de árboles gigantes, sin invierno»). En Antomas la mantenemos activa todo el año, a 24–27 °C constantes, sin bajada invernal. Evita los cambios bruscos y no la enfríes a propósito: no le aporta nada y puede frenar la cría.

Comportamiento y observación

Cazadoras a la vista. Verás a las obreras patrullar el forrajeo despacio, con las mandíbulas abiertas, y, de pronto, el golpe. Fíjate también en cómo beben: cargan la gota de néctar entre las mandíbulas y la llevan al nido.

A cualquier hora. No hay datos de su horario, pero O. bauri forrajea de día y de noche, sin un patrón claro, así que no te extrañe verlas activas en cualquier momento.

Observar sin miedo. En Antomas pensamos que las hormigas están para disfrutarlas, observarlas y aprender de ellas, no para tenerlas escondidas. Basta con dejarles su zona oscura en el nido y el forrajeo con luz, y observarlas con delicadeza, interviniendo y estresándolas lo menos posible. Se acostumbran a tu presencia.

Señales de alarma:

  • Larvas grandes que no hilan su capullo: revisa la humedad y la fibra de coco.
  • Cría que desaparece: casi siempre falta proteína.
  • Obreras amontonadas junto al agua o la reina fuera del nido: el nido se está secando.
  • Moho, ácaros u obreras que rechazan la comida: restos olvidados o agua estancada.

Fugas y barreras

Aquí la experiencia de Antomas manda sobre lo que se lee en muchos foros. Varias fuentes de criadores dicen que las Odontomachus no trepan el cristal ni el acrílico, pero en Antomas hemos visto que sí trepan el metacrilato, aunque mal: O. schoedli, de su mismo grupo, lo consigue, y esta especie trepa todavía un poco peor. Basta con que una lo consiga, así que, con O. banksi:

  • Barrera de aceite, imprescindible: una franja fina y continua en el borde de la zona de forrajeo. Renuévala cuando acumule polvo.
  • Tapa siempre cerrada, por los saltos: en O. bauri, el rebote las lanza casi 40 cm en horizontal. Ábrela con calma para alimentar o limpiar, y ciérrala al terminar.
  • Forrajeo limpio, sin restos, sustrato ni decoración que toquen la barrera y les sirvan de puente.
  • Uniones, tapones y conexiones, bien revisados y sin holguras.

El polvo, la condensación o el sustrato pegado les dan agarre incluso en paredes que parecen lisas: no te fíes de un forrajeo «demasiado liso para trepar».

Manejo y seguridad

Tienen un aguijón funcional, y la picadura de O. banksi suele ser dolorosa; con un manejo tranquilo y con herramientas, es raro que llegue a pasar. También pueden dar un mandibulazo, el mismo golpe con el que cazan. En Antomas recomendamos manipularlas siempre con herramientas entomológicas (un pincel suave o unas pinzas blandas), nunca con las manos; trabajar despacio, para no alarmarlas ni dañar a la reina, y tener precaución si eres alérgico a las picaduras de himenópteros. Mantén el montaje fuera del alcance de niños pequeños y mascotas. Es una especie exótica: en ningún caso debe liberarse.

Qué no hacer

  • Dejar que el nido se seque: necesita un 70–80 % de humedad, siempre.
  • Encharcar el nido o dejar el aire estancado: trae moho y ácaros.
  • Montarlas sin fibra de coco ni arena fina, o dejar que las obreras vacíen de sustrato las cámaras de cría.
  • Quedarse corto con la proteína, darles siempre el mismo insecto o dejar restos más de 24 horas.
  • Poner el azúcar en algodón o en un bebedero donde no puedan coger la gota con las mandíbulas.
  • Pasar de unos 28 °C de forma sostenida, o calentar todo el nido desde abajo.
  • Hacerles diapausa o bajarles la temperatura en invierno.
  • Confiar en que no trepan, o dejar la tapa abierta.
  • Juntar reinas o colonias.
  • Manipularlas con las manos.
  • Tenerlas escondidas: están para observarlas y disfrutarlas; hazlo con delicadeza, interviniendo lo menos posible.

Fuentes científicas

Esta ficha se ha elaborado a partir de la bibliografía científica sobre Odontomachus banksi y las hormigas de mandíbula trampa, de los datos climáticos de su área de origen y de la experiencia de Antomas y de otros criadores. Referencias principales:

  1. Sorger, D. M. & Zettel, H. (2011). On the ants (Hymenoptera: Formicidae) of the Philippine Islands: V. The genus Odontomachus Latreille, 1804. Myrmecological News 14: 141–163. PDF en Myrmecological News (acceso abierto)
  2. Viehmeyer, H. (1916). Ameisen von den Philippinen und anderer Herkunft (Hym.). Entomologische Mitteilungen 5: 283–291. PDF en Internet Archive (acceso abierto)
  3. Zettel, H. & Sorger, D. M. (2023). Another new trap-jaw ant (Hymenoptera, Formicidae, Odontomachus Latreille, 1804) from the Philippines. Linzer Biologische Beiträge 55: 381–385. PDF en ZOBODAT (acceso abierto)
  4. Matos-Maraví, P. et al. (2018). Taxon cycle predictions supported by model-based inference in Indo-Pacific trap-jaw ants (Hymenoptera: Formicidae: Odontomachus). Molecular Ecology 27: 4090–4107. doi:10.1111/mec.14835
  5. Gronenberg, W., Tautz, J. & Hölldobler, B. (1993). Fast trap jaws and giant neurons in the ant Odontomachus. Science 262: 561–563. doi:10.1126/science.262.5133.561
  6. Gronenberg, W. (1995). The fast mandible strike in the trap-jaw ant Odontomachus. II. Motor control. Journal of Comparative Physiology A 176: 399–408. doi:10.1007/BF00219065
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  8. Spagna, J. C. et al. (2008). Phylogeny, scaling, and the generation of extreme forces in trap-jaw ants. Journal of Experimental Biology 211: 2358–2368. doi:10.1242/jeb.015263
  9. Larabee, F. J. & Suarez, A. V. (2014). The evolution and functional morphology of trap-jaw ants (Hymenoptera: Formicidae). Myrmecological News 20: 25–36. PDF en Myrmecological News (acceso abierto)
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  11. Larabee, F. J., Smith, A. A. & Suarez, A. V. (2018). Snap-jaw morphology is specialized for high-speed power amplification in the Dracula ant, Mystrium camillae. Royal Society Open Science 5: 181447. doi:10.1098/rsos.181447
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  14. Meurville, M.-P. & LeBoeuf, A. C. (2021). Trophallaxis: the functions and evolution of social fluid exchange in ant colonies (Hymenoptera: Formicidae). Myrmecological News 31: 1–30. doi:10.25849/myrmecol.news_031:001
Dificultad
Experimentado
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