Atta mexicana - Hormiga Cortadora de Hojas Gigante
Agricultoras del desierto. Atta mexicana, la gran cortadora de hojas de México y Arizona, no se come las hojas que corta: con ellas cultiva un hongo que alimenta a toda la colonia. Sus ciudades subterráneas ocupan 20 × 20 metros, sus túneles recorren hasta 130 metros y una sola colonia puede vivir veinte años y reunir millones de obreras, desde diminutas jardineras de 2 mm hasta soldados con mandíbulas capaces de cortar la piel. Autopistas de hojas, huertos vivos y una división del trabajo asombrosa, a la vista. Colonias con reina. Envío a toda Europa, llegada viva garantizada.
Dificultad: 4/5 – Avanzado
La gran cortadora de hojas de México y Arizona: no se come las hojas, cultiva con ellas un hongo; sus colonias reúnen probablemente millones de obreras, viven 10–20 años y tienen soldados con mandíbulas que cortan la piel. No es solo para expertos: pide constancia con el hongo, las hojas y el espacio. Colonias con reina, monogínica: una sola reina por colonia. Kit Fungarium de Anthouse, hongo a 23–26 °C, humedad alta sin charcos, hojas frescas sin pesticidas, basurero aparte y sin diapausa. Nunca por encima de 30 °C de forma continuada: la reina puede quedar infértil. Trepan: barrera de aceite mineral. Majors: nunca con los dedos.
Atta mexicana (Smith, 1858) es una de las grandes hormigas cortadoras de hojas de Norteamérica y Mesoamérica. Su distribución comprende buena parte de México y alcanza el extremo meridional de Estados Unidos, con poblaciones en el desierto de Sonora de Arizona: es la única Atta que vive en ese estado. Habita desde regiones áridas y matorrales espinosos hasta bosques tropicales secos, zonas riparias y ambientes montañosos, y muestra una plasticidad ecológica considerable.
Es, además, una de las hormigas más espectaculares que se pueden criar. No se come las hojas que corta: las usa para cultivar un hongo que alimenta a toda la colonia. Sus nidos en Arizona ocupan cientos de metros cuadrados, sus colonias reúnen probablemente millones de obreras y pueden vivir más de veinte años. En esta ficha separamos siempre lo documentado en la ciencia, lo que cuentan otros criadores y lo que hemos aprendido criándola en Antomas.
Biología
La cortadora que llegó al desierto
Las cortadoras del género Atta son, sobre todo, hormigas del trópico americano. A. mexicana es una de las que más se alejan de él: se reparte por buena parte de México, llega por el sur a Guatemala, El Salvador y Honduras y, por el norte, alcanza el sur de Arizona. Allí, en el Organ Pipe Cactus National Monument y sus alrededores, junto a la frontera, está su límite septentrional, en pleno desierto de Sonora. En la vertiente del golfo de México también sube hacia el norte, por Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, aunque, según prospecciones de aficionados, no se acerca a la frontera de Texas.
¿Qué clima prefiere? Un estudio de 2023 sobre las Atta de México modelizó su nicho climático y encontró que la variable que más pesa es la isotermalidad: la relación entre lo que cambia la temperatura de un día y lo que cambia a lo largo del año. Le siguen la lluvia del mes más húmedo y la del trimestre más cálido. Las condiciones más favorables para la especie están en los pinares y encinares de la Sierra Madre Occidental y en los bosques secos del Bajío. Encaja con lo que se ve en Arizona: una hormiga de climas con lluvias de verano, que se protege del calor y del frío bajo tierra. El mismo estudio advierte que, con el escenario de emisiones más alto, podría perder más de la mitad de su área climáticamente favorable a finales de siglo.
Prima hermana de Atta texana: el clado Archeatta
La describió el entomólogo británico Frederick Smith en 1858 como Oecodoma mexicana, a partir de reinas y machos con una localidad tan escueta como «México», de donde le viene el nombre. Los ejemplares de referencia se conservan en el Museo de Historia Natural de Londres. Después pasó casi un siglo sin nombre propio: Roger la trasladó a Atta en 1863, pero él mismo, Mayr, Forel y otros la consideraron un simple sinónimo de Atta fervens, y Emery la rebajó a subespecie de A. insularis, la cortadora de Cuba. Gonçalves la colocó en 1942 en el subgénero Archeatta, y Borgmeier la redescribió en 1959 como especie válida, que es lo que es hoy.
En México viven tres especies de Atta: A. mexicana y A. texana, del grupo Archeatta, y A. cephalotes, del grupo Atta en sentido estricto. A. texana, la cortadora de Texas y Luisiana, es su pariente más cercana, y las dos son las únicas Atta de Estados Unidos. Se distinguen así:
- A. mexicana: los lóbulos de la parte trasera de la cabeza y el primer segmento del gáster, sin pelos erectos; la escotadura entre los lóbulos, poco profunda, y las espinas del pronoto, relativamente cortas.
- A. texana: con pelos erectos, el tegumento mate, la escotadura más profunda y las espinas del pronoto, largas. Como curiosidad, su cabeza desprende un olor a menta al aplastarla.
Y en cautividad se diferencian también por su carácter: en nuestra experiencia, A. mexicana tiene una sola reina por colonia, mientras que las reinas de A. texana pueden convivir (ver «La reina que viaja con su huerto en la boca»).
Con A. cephalotes la confusión es más difícil: es de otro subgénero y de selva tropical húmeda, y sus nichos climáticos apenas se tocan en una zona pequeña de México.
Ciudades bajo el desierto
Los números de Arizona proceden de tres décadas de censos en el Organ Pipe Cactus National Monument, y dan vértigo. Las grandes colonias pueden ocupar un área central próxima a 20 × 20 m, pueden llegar a explotar más de 2 hectáreas de terreno y utilizan túneles laterales de hasta unos 130 m para alcanzar las zonas de forrajeo. Una colonia establecida puede introducir aproximadamente 200 kg de materia vegetal seca al año en su sistema de cultivo. Los nidos suelen estar separados entre sí por 75–200 m, a veces solo 30–40 m, y las colonias casi nunca se mudan: el tamaño de los cráteres y de los montones de basura permite incluso estimar la edad de un nido.
A diferencia de Acromyrmex octospinosus, Atta mexicana desarrolla colonias claramente policamerales. Una sociedad madura mantiene numerosos jardines de hongo distribuidos en diferentes cámaras subterráneas, comunicados por una extensa red de túneles. Nadie ha publicado todavía la excavación completa de un nido de A. mexicana, pero en otras especies del género se ha medido: un nido de A. laevigata llegó a tener más de 7.000 cámaras y hasta 8 m de profundidad.
Esta arquitectura conserva unas condiciones de temperatura y humedad mucho más estables que las de la superficie. Incluso las poblaciones del desierto de Sonora mantienen el cultivo en cámaras profundas y protegidas. Y un nido así necesita respirar: hongo y hormigas consumen oxígeno y desprenden CO₂, calor y vapor de agua. En los nidos gigantes de A. vollenweideri, una cortadora de Sudamérica, se demostró que el motor de la ventilación es el viento: el aire viciado sale por los túneles centrales y más altos del montículo, y el aire fresco entra por los periféricos.
En cautividad, esta organización se reproduce mucho mejor con varios receptáculos de hongo conectados que intentando mantener una colonia grande en un único recipiente gigantesco. Conforme aumenta la población, se añaden módulos nuevos, y son las propias hormigas las que deciden cuánto hongo mantienen en cada uno (ver «Montaje recomendado»).
Cortadoras con turno de noche
En el desierto, el calor manda. Alex Mintzer siguió en 1979 una colonia del norte de Sonora que cosechaba en una superficie de unos 8.000 m², con caminos en superficie y túneles subterráneos que salían del nido en todas direcciones. Las obreras forrajeaban de día en invierno y en primavera, y pasaban a hacerlo sobre todo de noche en verano. En Organ Pipe, los muestreos de diciembre y enero las encontraron forrajeando de día, en pleno invierno. Esos túneles de más de cien metros les permiten, además, llegar a las plantas sin cruzar el suelo abrasador.
¿Qué cortan en el desierto? En Arizona se ha documentado el uso de palo verde (Parkinsonia, antes Cercidium), palo fierro o palo de hierro (Olneya tesota), mezquite (Prosopis), uña de gato (Acacia) y gobernadora o arbusto de la creosota (Larrea tridentata). A ellas se suman numerosas plantas anuales que solo están disponibles en determinadas estaciones. La dieta de una colonia natural cambia enormemente según la localidad y la estación.
No te extrañe si, en verano, tu colonia trabaja más por la noche: va en su naturaleza.
Un huerto que se renueva cada mes
Atta mexicana no consume las hojas como un herbívoro convencional. Utiliza el material vegetal para cultivar un hongo simbionte, Leucoagaricus gongylophorus, que constituye el centro funcional de la colonia.
Las obreras cortan hojas, flores y otros tejidos, los transportan hasta el hormiguero y los someten a un procesamiento progresivo: el material se limpia, se corta en fragmentos cada vez menores, se mastica y se acondiciona antes de incorporarlo al jardín. Las obreras más pequeñas continúan después el trabajo directamente dentro del hongo.
El hongo desarrolla unas estructuras nutritivas especializadas, unas hifas engrosadas y ricas en nutrientes que los especialistas llaman gongilidios, especialmente importantes para alimentar a las larvas. El hongo es, en la práctica, la comida de toda la colonia: en Arizona se considera el único alimento de larvas y adultos. Las obreras aprovechan además los jugos vegetales que se liberan al cortar y procesar las hojas.
Y el huerto no es eterno. El sustrato vegetal de cada porción de hongo se agota en un mes aproximadamente; entonces las obreras lo retiran y lo sacan a los montones de basura. Por eso una colonia de cortadoras no deja nunca de trabajar: el jardín se está renovando continuamente.
El jardín tampoco debe entenderse como una simple masa de hongo. Es un ecosistema vivo, donde conviven el hongo cultivado, bacterias y otros microorganismos cuya composición cambia incluso entre distintas zonas del propio jardín. Una colonia sana mantiene ese ecosistema mediante limpieza, retirada de zonas envejecidas, selección del material vegetal y transporte constante de residuos.
La basura, a la calle
Aquí A. mexicana se sale de lo habitual. La mayoría de las Atta guardan sus residuos en cámaras de basura subterráneas: en A. capiguara, por ejemplo, a unos 4–6 m de los huertos. A. mexicana, como A. colombica, hace lo contrario: saca la basura fuera del nido y la amontona en superficie. En Arizona, las grandes colonias depositan el hongo agotado en importantes montones exteriores.
No es un detalle menor. La basura de las cortadoras es peligrosa: está llena de hongo gastado y de microorganismos dañinos para la colonia. En A. colombica se ha visto que las obreras del basurero forman una casta de trabajo aparte, de las más «prescindibles» de la colonia, que apenas tienen contacto con el huerto. La lección para la cría es clara: un basurero aparte, externo y seco, que puedas limpiar sin tocar el hongo (ver «Basurero»).
Antibióticos de glándula, no de bacteria
Todo huerto tiene sus plagas, y el de las cortadoras tiene una muy especializada: Escovopsis, un hongo parásito que solo vive en los jardines de las hormigas cultivadoras y que se alimenta del hongo cultivado. Para defenderse, muchas hormigas cultivadoras llevan sobre la cutícula una capa blanquecina de bacterias, Pseudonocardia, que producen antibióticos.
Pero Atta juega con otras cartas. Un estudio de 2009 con nueve especies de cinco géneros de cultivadoras comparó sus defensas.
- Acromyrmex y Trachymyrmex mantienen abundante Pseudonocardia sobre la cutícula: es el polvillo blanco que se ve, por ejemplo, en Acromyrmex octospinosus.
- Atta ha perdido esa capa visible, o la ha reducido muchísimo. A cambio, cuando aparece un patógeno, incluido Escovopsis, las obreras multiplican el acicalamiento con la secreción de la glándula metapleural, una glándula del tórax que produce sustancias antimicrobianas.
Los autores relacionan esta defensa química más elaborada, y la menor dependencia de las bacterias, con el enorme tamaño de las colonias de Atta. Más tarde se identificó una de sus armas: el ácido fenilacético de la glándula metapleural, con el que Atta frena a Escovopsis, mientras que Acromyrmex confía en sus bacterias. A eso se suma el «desherbado»: las obreras localizan los trozos de hongo enfermos o envejecidos, los arrancan y los llevan al basurero.
Para la cría: en A. mexicana no hay que buscar el recubrimiento blanco de Acromyrmex. Una obrera limpia y brillante es lo normal.
Catadoras de hojas
Atta mexicana es polífaga: explota una gran variedad de plantas. Pero no corta indiscriminadamente cualquier planta que encuentra. La dureza de la hoja, la cantidad de agua, la presencia de pelos o tricomas y su composición química influyen en la selección. Dos estudios hechos con esta especie lo han medido.
El estudio de 2020. En laboratorio, las obreras prefirieron las hojas de rosal (Rosa × alba) y de dos árboles mexicanos, Trema micrantha y Styrax glabrescens, y rechazaron las de café, guayabo y mandarino (Citrus reticulata). Las hojas rechazadas tenían compuestos, algunos con efecto antifúngico o disuasorio: el café, muchos alcaloides y fenoles como el ácido clorogénico; el guayabo, ácidos shikímico y elágico, y el mandarino, escopoletina. En el caso del mandarino, sin embargo, los autores atribuyen el rechazo más a las características físicas de la hoja que a su química.
El estudio de 2026. Publicado en la revista Botanical Sciences con colonias de Veracruz, comparó tres plantas:
- Palicourea padifolia, conocida como flor de mayo, cafecillo o flor de cera según la región;
- Platanus mexicana, el álamo blanco, álamo mexicano o haya;
- Eriobotrya japonica, el níspero japonés.
Las hormigas mostraron una preferencia muy marcada por P. padifolia. Sus hojas eran más blandas, carecían de tricomas y contenían mucha agua. El níspero japonés y el álamo mexicano tenían hojas más duras y pilosas, con más fenoles, flavonoides y taninos, y se recolectaron con mucha menor intensidad. Además, el extracto de P. padifolia favoreció el crecimiento del hongo, mientras que los de las otras dos especies produjeron una inhibición moderada. Ninguno resultó tóxico para las hormigas.
En el caso del níspero japonés, las obreras llegaron incluso a retirar los tricomas de las hojas antes de cortarlas, una manipulación muy fina que demuestra hasta qué punto evalúan y preparan el material antes de cultivarlo.
El hongo avisa: el rechazo diferido
Las obreras pueden cortar con entusiasmo una planta que, sin embargo, perjudica al hongo. ¿Cómo se enteran de que se han equivocado? Por el propio hongo. Ya en 1996 se propuso que el hongo «controla» el comportamiento de las cortadoras, y los experimentos posteriores lo han confirmado de forma muy literal.
En un estudio de 2008 con otra cortadora, Acromyrmex lundi, se ofrecieron a las colonias hojas tratadas con un fungicida inocuo para las hormigas. Al principio las cortaron y las llevaron al huerto con total normalidad. Unas 10 horas después de incorporarlas, empezaron a rechazarlas, y el rechazo duró al menos 9 semanas. Además, era específico: solo afectaba a la especie de planta que se había tratado, y con el tiempo se podía revertir. En Atta colombica, esa «memoria» llegó a durar hasta 18 semanas. Las hormigas aprenden a asociar la planta con el daño que sufre su huerto, y no la olvidan en mucho tiempo.
Este fenómeno tiene dos consecuencias muy prácticas para la cría:
- Que la corten no significa que sea segura. Una hoja tratada con fungicidas puede dañar el huerto horas antes de que las hormigas reaccionen. Su capacidad de selección no sustituye nuestro control (ver «Seguridad de las plantas»).
- Si dejan de cortar de golpe una planta que antes aceptaban, retírala y no insistas. Ofrece otra distinta. Puede que esa planta, o ese lote, haya sentado mal al hongo, y la colonia puede tardar semanas en volver a aceptarla.
De minims a soldados: cada talla, un oficio
La división del trabajo es una de las características más llamativas de Atta mexicana. En Arizona, las obreras van de unos 2 mm a unos 12 mm, y cada rango de talla está especializado en determinadas funciones:
- Las minims, extremadamente pequeñas, trabajan sobre todo dentro del jardín: manipulan el hongo, lo limpian y atienden los huevos y las larvas.
- Las obreras medias realizan buena parte del corte y el transporte del material vegetal.
- Las grandes majors o soldados se ocupan sobre todo de la defensa y de las tareas que requieren una gran fuerza mandibular.
Y hay un oficio más, el menos vistoso: el de basurera. En las cortadoras estudiadas, las obreras que trabajan en el basurero se mantienen apartadas del huerto, para no llevarle los microbios de los residuos. Cuando observes tu colonia, fíjate: las que entran y salen del basurero no suelen ser las mismas que cargan hojas.
Un miligramo para dar la vuelta al mundo
La comunicación entre todas ellas utiliza feromonas de rastro, señales de contacto, el olor de la colonia y otros estímulos químicos. Cuando unas pocas exploradoras descubren una planta adecuada, la ruta puede pasar rápidamente de unas cuantas obreras a una corriente continua de trabajadoras cargadas. La selección de plantas forma parte también de ese sistema de información: las obreras que procesan el material antes de introducirlo en el jardín son un nuevo filtro antes de que la planta entre en contacto con el hongo.
Las feromonas de rastro de estas hormigas son de una potencia asombrosa. La primera feromona de rastro de una hormiga que se identificó químicamente fue la de su pariente más cercana, Atta texana, en 1971: el 4-metilpirrol-2-carboxilato de metilo. Las obreras detectaban rastros de apenas 0,08 picogramos por centímetro. Con esa cifra, los autores calcularon que 0,33 mg bastarían, en teoría, para trazar un rastro detectable alrededor de la Tierra; de ahí la versión popular de que «un miligramo daría tres vueltas al mundo». Ojo: es un cálculo teórico y es un dato de A. texana. La feromona de A. mexicana no se ha estudiado todavía, aunque, siendo especies tan próximas, es razonable pensar que funciona de forma parecida.
Además de oler, las cortadoras «escuchan». Frotando dos segmentos del cuerpo producen vibraciones, la estridulación, que se transmiten por el suelo y por las hojas. Un estudio de 2017 con Atta sexdens demostró que las obreras no solo perciben esas vibraciones, sino que distinguen de qué dirección vienen.
La reina que viaja con su huerto en la boca
En Arizona, las colonias maduras crían reinas y machos alados cada primavera, y los sueltan en verano con una puntualidad sorprendente: en la oscuridad previa al amanecer, la mañana siguiente a una tormenta monzónica de más de 1 cm de lluvia. Tras las lluvias fuertes, de unos 5 cm, puede haber vuelos al menos dos noches seguidas; la lluvia o la brisa de primera hora, en cambio, pueden frenarlos. Es un momento peligroso: murciélagos, chotacabras y el sapo del desierto de Sonora (Incilius alvarius) se dan un festín con los alados, y tejones y mofetas manchadas atacan después a las reinas y a las colonias jóvenes.
La fundación es claustral e independiente. Antes del vuelo nupcial, la futura reina guarda una pequeña porción del hongo de su colonia natal en la cavidad infrabucal, una bolsita que las hormigas tienen bajo la boca. Tras aparearse, pierde las alas, excava un pozo vertical, deposita esa pequeña porción en su cámara y empieza a cultivar personalmente el nuevo jardín. Produce la primera generación de obreras sin salir a recolectar hojas, y las primeras obreras aparecen al cabo de 1–2 meses. Las reinas no suelen alejarse mucho: la dispersión es probablemente inferior a 5 km.
La supervivencia de la fundación depende directamente de conservar ese pequeño fragmento inicial de hongo. Una reina sin hongo no se encuentra en la misma situación que una fundación saludable, aunque haya empezado a poner huevos.
Fundar es, con diferencia, lo más difícil de la vida de una Atta. En un estudio de 2023 con reinas de Atta recogidas en el campo tras el vuelo nupcial y llevadas al laboratorio, murieron el 98,3 % en un año y el 100 % en otro; los autores concluyeron que es mucho más eficaz empezar con nidos jóvenes ya establecidos. Por eso en Antomas trabajamos con colonias con reina, obreras y su propio huerto ya en marcha.
Una sola reina. En experiencia de Antomas, A. mexicana es monogínica: cada colonia tiene una única reina, que funda sola. Las reinas no se toleran entre ellas, ni siquiera recién fecundadas: muestran una agresividad considerable y, si se juntan, se matan. Por eso hay que mantenerlas siempre separadas. Curiosamente, su pariente más cercana se comporta al revés: en nuestra experiencia, A. texana es poligínica, y sus reinas pueden convivir sin agresión.
Una sola noche y varios padres
Se suele leer que las reinas de Atta se aparean una sola vez. Es verdad a medias: se aparean solo durante el vuelo nupcial y no vuelven a hacerlo nunca, pero en esa ocasión lo hacen, normalmente, con varios machos. Es lo que se llama poliandria.
En Atta colombica, un estudio genético encontró que 33 de 36 colonias tenían dos o más padres, con una media de 2,6 padres por colonia. Y en el conjunto de las cultivadoras de hongos, el paso del apareamiento único al apareamiento múltiple obligado ocurrió una sola vez, en el linaje que forman Atta y Acromyrmex, las cortadoras de hojas. Una de las ventajas es la cantidad: en A. colombica, las reinas que se aparean con más machos almacenan más esperma. Para A. mexicana no hay datos propios, pero todo indica que sigue la norma del género.
El esperma que la reina almacena esa noche tiene que durarle toda la vida, años o décadas. Por eso no tiene ningún sentido exponerla a riesgos innecesarios, como el calor excesivo (ver «Temperatura»).
Millones de obreras y veinte años de vida
Las colonias maduras alcanzan tamaños enormes, probablemente de millones de individuos. Y lo más interesante es que se ha seguido su vida durante tres décadas. En los censos de Organ Pipe, las colonias de A. mexicana vivieron normalmente 10–20 años; varias superaron los 20, pero ninguna aguantó los 30 años que duró el seguimiento. De las colonias censadas en 1985, solo 4 o 5 seguían vivas en 2005–2006, y de las 26 registradas en 2005, nueve seguían activas diez años después. El número total de colonias también subió y bajó con los años: 36 en 1985–1986, 45 en 1995–1996, 25 en 2005–2006 y 83 en 2015–2016.
En cautividad, el crecimiento es lo que más sorprende a quien empieza con cortadoras. Una colonia de Atta mexicana puede pasar de unos cientos de individuos a una sociedad enorme, y el hongo crece con ella. Por eso el montaje debe diseñarse desde el principio pensando en la expansión (ver «Crecimiento y ampliaciones»).
Una colonia de cortadoras Atta creciendo en Antomas (canal de Antomas).
De plaga del campo a manjar: arrieras y chicatanas
En México, a las Atta se las conoce como hormigas arrieras, por sus interminables caravanas de hojas, y no siempre con cariño. Al ser polífaga, A. mexicana puede cortar muchas plantas cultivadas, y el género Atta está reconocido como una plaga agrícola importante, con un impacto económico notable. En los cultivos de amaranto del sur de Puebla, por ejemplo, un estudio con 61 productores encontró que la hormiga arriera es la principal plaga: más de la mitad de ellos usan control químico, y se identificaron 11 plantas nativas que los agricultores emplean como repelentes o insecticidas naturales.
Pero la misma hormiga es también un manjar. Las chicatanas son las reinas aladas de las arrieras, que se capturan durante el vuelo nupcial, con las primeras lluvias de la temporada. En Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Guerrero y Puebla se tuestan en el comal y se muelen en salsas, moles o tamales. Es una tradición prehispánica, que ya recogió fray Bernardino de Sahagún en el siglo XVI, y el nombre viene del náhuatl: tzicatl, «hormiga», y tanatli, «bolsa de palma», por el gáster abultado de la reina.
Y son un alimento muy nutritivo: en un análisis hecho en Huehuetla (Hidalgo), las chicatanas tostadas de A. mexicana tenían un 43,7 % de proteína, algo más que las de A. cephalotes. El nombre de «chicatana» se aplica también a otras Atta según la región. Se pagan caras y, según la prensa mexicana, algunas comunidades ya limitan la recolección, porque cada reina capturada es un hormiguero que no llegará a nacer.
Tamaño y morfología
Atta mexicana presenta uno de los polimorfismos más espectaculares de las hormigas norteamericanas: en una misma colonia conviven obreras de unos 2 mm y soldados de unos 12 mm.
- Minims. Cuerpos muy pequeños y delicados, que les permiten trabajar dentro de los estrechos espacios del jardín.
- Obreras medias. Mandíbulas adaptadas al corte y al transporte de vegetación.
- Majors. Desarrollan una cabeza enorme y una musculatura mandibular extraordinariamente potente. Aquí sí hablamos de auténticos soldados. En experiencia de Antomas, las mayores majors pueden producir cortes capaces de atravesar la piel y hacer sangrar. No deben manipularse directamente, aunque la especie carezca del peligroso aguijón de una Myrmecia o una Pogonomyrmex.
- Reina. Enorme, con el gáster muy voluminoso. Según Mintzer, que la midió en Arizona, es la mayor hormiga conocida de Norteamérica.
- Color. Varía del marrón rojizo a tonos rojos oscuros o granates.
- Superficie. Sin el recubrimiento blanquecino de bacterias de Acromyrmex: las obreras se ven limpias (ver «Antibióticos de glándula, no de bacteria»).
- Rasgos para distinguirla de A. texana. Sin pelos erectos en la parte trasera de la cabeza ni en el primer segmento del gáster, y con espinas del pronoto relativamente cortas (ver «Prima hermana de Atta texana»).
- Pupas. Desnudas, sin capullo.
Medidas aproximadas
- Minims: unos 2 mm
- Obreras medias: todas las tallas intermedias
- Majors (soldados): hasta unos 12 mm
- Reina: 20–22 mm y alrededor de medio gramo (unos 500 mg)
- Macho: sin medidas publicadas que hayamos podido comprobar
Son medidas de las poblaciones de Arizona. Las cifras más altas que circulan en algunas tiendas no tienen respaldo en las medidas publicadas. Las primeras obreras de una colonia joven son pequeñas, y las majors grandes aparecen cuando la colonia ya ha crecido.
Mantenimiento en cautividad
Dificultad: 4/5 – Avanzado
En Antomas la consideramos una especie de nivel avanzado, pero no es una especie solo para expertos. Una colonia establecida no requiere intervenciones complicadas cada día. Lo que pide es constancia con tres cosas:
- El hongo. La colonia depende por completo de él: si el huerto muere, la colonia muere. Necesita humedad alta, sin charcos, y temperatura estable, nunca por encima de 30 °C de forma continuada, y no tolera las plantas tratadas.
- Las hojas. Hay que darle hoja fresca, variada y libre de pesticidas con regularidad, todo el año, también en invierno.
- El espacio. Su crecimiento potencial es enorme, así que hay que ir ampliando la instalación con módulos nuevos a medida que crece.
A esto se suman las majors, fuertes y con mandíbulas que cortan la piel, y una producción abundante de residuos. Una minicolonia puede resultar sencilla; el verdadero reto aparece cuando el hongo y la población empiezan a multiplicarse. Si tienes acceso a hojas sin tratar y espacio para crecer, es perfectamente manejable.
Y merece la pena como pocas. Ver una autopista de hojas cortadas entrando en el huerto, a las minims trabajando dentro del hongo y a las majors patrullando es asomarse a una de las sociedades más complejas del reino animal: una civilización de insectos que cultiva su propia comida.
Parámetros recomendados
- Temperatura del hongo: 23–26 °C, lo más estable posible.
- Nunca por encima de 30 °C de forma continuada: en experiencia de Antomas, la reina puede quedar infértil (ver «Temperatura»).
- Zona de forrajeo: a temperatura ambiente.
- Humedad: elevada en la cámara del hongo, pero sin agua libre ni charcos; la zona de forrajeo, más seca, y el basurero, seco.
- Ventilación: constante, sin llegar a resecar el exterior del jardín.
- Agua: la bandeja de humedad de la cámara de cultivo. Un bebedero en el forrajeo es opcional: sacan bastante agua del propio hongo y de la humedad del montaje.
- Luz: un ciclo normal de día y noche. Evita el sol directo sobre la cámara del hongo, porque la calienta.
- Diapausa: no necesita (ver «Diapausa»).
Temperatura
Para el cultivo recomendamos aproximadamente 23–26 °C, con estabilidad y evitando calentamientos intensos. Es el rango que se usa habitualmente para mantener cortadoras en cautividad, y encaja con lo que sabemos de la especie: las cámaras naturales del hongo permanecen mucho más protegidas que la superficie, e incluso en el desierto de Sonora las condiciones dentro del nido son relativamente constantes.
Mucho cuidado con el calor. En Antomas aplicamos una precaución muy importante: las cámaras del hongo y, especialmente, la cámara donde está la reina no deben estar por encima de 30 °C de forma continuada. En nuestra experiencia con las Atta, las reinas pueden quedar infértiles si pasan tiempo por encima de esa temperatura, y el propio hongo también se deteriora.
No conocemos ningún experimento que haya medido ese umbral en A. mexicana: los 30 °C son un límite de manejo en cautividad, basado en la experiencia. Y tiene toda la lógica: la reina solo se aparea durante el vuelo nupcial, aunque sea con varios machos, y el esperma que almacena ese día tiene que durarle toda la vida (ver «Una sola noche y varios padres»). No hay ninguna ventaja en exponerla a temperaturas innecesariamente elevadas: el objetivo es mantenerla claramente por debajo de ese límite.
Si necesitas calor extra en invierno, mejor una fuente suave y con termostato en un lateral de la cámara que una que caliente todo el hongo por igual. Y en verano, vigila que la habitación no se dispare.
Humedad, ventilación y drenaje
Este es uno de los apartados más importantes de la ficha. El hongo necesita humedad ambiental elevada, pero no debe permanecer mojado. Dejar que se seque es un error grave: un huerto deshidratado se encoge y puede no recuperarse.
Una gran masa de hongo contiene una enorme cantidad de agua. Entre la respiración de las hormigas, la actividad metabólica del jardín y la evaporación del propio cultivo, el recipiente puede alcanzar rápidamente una humedad muy elevada. Si las paredes o la tapa están algo más frías, esa humedad empieza a condensarse. Las gotas vuelven a caer sobre el jardín y, si el sistema no puede evacuar el agua, terminan acumulándose en la parte inferior hasta formar charcos. Esto puede convertirse en un problema grave.
En experiencia de Antomas, el agua libre acumulada alrededor del hongo debe drenarse. No debemos dejar durante días la parte inferior del jardín sumergida, esperando a que el agua se evapore sola. Cuando aparece líquido acumulado, recomendamos:
- Drenar o extraer el agua.
- Aumentar ligeramente la ventilación.
- Comprobar si hay demasiado aporte de humedad o una diferencia de temperatura excesiva entre el interior y las paredes.
El sistema necesita, por tanto, algún mecanismo que permita evacuar el agua acumulada accidentalmente. En el Fungarium de Anthouse, el hongo descansa sobre una rejilla elevada, por encima de una bandeja de agua: así recibe humedad sin estar nunca en contacto con el agua (ver «Montaje recomendado»).
La ventilación es igual de importante. Hongo y hormigas consumen oxígeno y liberan CO₂, calor y vapor de agua. Los hormigueros naturales de cortadoras tienen una arquitectura que favorece el intercambio de gases: en A. vollenweideri se ha demostrado que el viento renueva el aire del nido, que sale por los túneles centrales y entra por los periféricos. En cautividad debemos reproducir esa función:
humedad elevada + ventilación constante + ausencia de encharcamiento
No buscamos un recipiente hermético. Tampoco queremos tanta ventilación que el exterior del jardín se seque constantemente. El equilibrio correcto se reconoce fácilmente: hongo húmedo y activo, sin costras secas, pero sin gotas cayendo continuamente ni charcos en la parte inferior.
Dos consejos más. Nunca pulverices agua directamente sobre el hongo: la humedad debe venir del ambiente de la cámara, no de mojar el jardín. Y no te obsesiones con un número: algunos criadores observan que A. mexicana, que viene de climas estacionales y secos, tolera mejor las oscilaciones de humedad que las Atta de selva. Lo que cuenta es el aspecto del hongo.
Montaje recomendado
Para esta especie recomendamos el Kit Fungarium de Anthouse, un sistema modular diseñado específicamente para hormigas cortadoras de hojas, Atta y Acromyrmex, con módulos de 19,5 × 19,5 × 26 cm:
Encaja con todo lo que hemos visto en esta ficha:
- Cámara de cultivo con humedad pasiva. El hongo descansa sobre una rejilla elevada, por encima de una bandeja de agua. Así se mantiene una atmósfera húmeda y estable sin que el jardín toque nunca el agua, y el exceso de agua queda por debajo del hongo.
- Capuchones reductores. Tres capuchones transparentes e intercambiables ajustan el volumen de la cámara al tamaño real del hongo en las primeras fases, y se van retirando a medida que el jardín crece.
- Higrómetro y termómetro integrados, para vigilar los dos parámetros que más importan.
- Caja de forrajeo y mantenimiento, conectada a la cámara con tubos anchos, por los que las obreras pasan cargadas de hojas.
- Puertas giratorias de cierre total, opcionales, para aislar cada módulo al limpiar, ampliar o trasladar.
Un montaje inicial debería separar como mínimo:
cámara de hongo → zona de forrajeo → basurero
Con una colonia pequeña, la caja de forrajeo puede hacer también de basurero; cuando la colonia crezca, añade otro módulo para que lo usen como vertedero (ver «Basurero»). Y conforme crezca el hongo, añade nuevos recipientes de cultivo. En Atta mexicana esta modularidad es especialmente importante, porque se trata de una especie naturalmente policameral (ver «Ciudades bajo el desierto»). No recomendamos intentar concentrar indefinidamente todo el cultivo en una única caja.
En la zona de forrajeo, coloca las hojas frescas y, si quieres, un bebedero o un tubo de ensayo con agua y algodón, que es opcional. Como trepan por superficies lisas, protégela con una franja de aceite mineral en la parte alta de las paredes y mantenla bien cerrada (ver «Fugas y barreras»).
Llegada e instalación en el Fungarium
Nuestras colonias llegan siempre con su hongo, en un recipiente con la reina y sus obreras. Muchas veces incluimos además un tubo de ensayo con hongo de refuerzo, por si el jardín principal llegase algo tocado por el viaje.
Muy importante: las hormigas del tubo de refuerzo hay que quitarlas. No pueden mezclarse nunca con las obreras del recipiente de la reina. Antes de usar ese hongo, retira todas las hormigas que lleve con unas pinzas blandas o un pincel, y revísalo bien, porque las minims se esconden dentro del jardín. Esas hormigas no se juntan con tu colonia en ningún momento: ni en la cámara de cultivo ni en la zona de forrajeo.
Prepáralo todo antes de abrir nada: la bandeja con agua y la rejilla puestas, el capuchón adecuado al tamaño del hongo, la caja de forrajeo conectada, con unas hojas tiernas y la franja de aceite mineral, y las tapas comprobadas. Después, sigue este orden:
- Primero, el tubo de refuerzo. Si viene, quítale todas las hormigas y déjalo aparte, cerrado, a la misma temperatura que la colonia.
- El hongo principal, en bloque. Pasa el jardín del recipiente de la reina a la cámara de cultivo de una vez, con las obreras que lleve encima, sin desmenuzarlo ni partirlo innecesariamente. Si hay que trasladarlo en varias partes, que sean bloques grandes y completos.
- El refuerzo, solo si hace falta. Si el jardín principal ha llegado medio mal, coloca junto a él el hongo del tubo, ya sin ninguna hormiga, y las obreras de tu colonia lo incorporarán. Si llega en buen estado, no hace falta usarlo.
- Las rezagadas de la colonia, por volcado. Las obreras que queden en el recipiente de la reina se vuelcan con suavidad en la zona de forrajeo; volverán solas al hongo. Nunca vuelques ahí las del tubo de refuerzo.
- Calma. Déjalas tranquilas uno o dos días, con hojas tiernas a su alcance, y deja que reorganicen el jardín a su ritmo. Es normal que al principio dediquen más esfuerzo a recolocar el hongo que a cortar.
Para las ampliaciones no hace falta trasladar nada: basta con conectar el nuevo módulo, y son las propias hormigas las que deciden cuánto hongo llevan a cada uno.
Fundación
En Antomas trabajamos con colonias ya establecidas, pero si alguna vez cuidas una reina fundadora, estas son las claves. Una reina recién fecundada debe mantenerse con su pequeña porción original de hongo en una cámara tranquila. No necesita hojas durante la primera fase claustral: añadir material vegetal innecesariamente a un cultivo diminuto solo aumenta el riesgo de contaminación. Lo verdaderamente importante es mantener estables la humedad, la temperatura y la ventilación de esa primera cámara.
El hongo inicial puede ser extremadamente pequeño, y no debe interpretarse como un problema mientras se mantenga vivo y siga creciendo. Las primeras obreras tardan, en la naturaleza, uno o dos meses en aparecer. Si pasado ese tiempo no hay obreras y el hongo no crece, mala señal. Nunca juntes varias reinas: en nuestra experiencia, A. mexicana es monogínica y las reinas se matan entre ellas. Cada reina, en su propio montaje.
Manejo del hongo
Un jardín sano debe manipularse lo mínimo posible. No recomendamos desmontarlo periódicamente para ver su interior: se observa perfectamente a través de las paredes de la cámara. Si hay que trasladarlo, lo moveremos en bloques completos, evitando fragmentarlo innecesariamente. Las propias obreras son capaces de reconocer las zonas deterioradas, eliminarlas y trasladarlas al basurero.
Tampoco mezclaríamos hongo de diferentes colonias de forma rutinaria. Un refuerzo sano puede ser útil en circunstancias concretas, como el hongo de refuerzo que a veces enviamos con la colonia, y siempre sin sus hormigas (ver «Llegada e instalación en el Fungarium»). Pero cada jardín contiene mucho más que Leucoagaricus: incluye una comunidad microbiana asociada que puede variar incluso entre distintas zonas del mismo cultivo.
Ten en cuenta también que el jardín crece hacia arriba. Un criador cuenta que, con una colonia en plena expansión, el hongo se multiplicó varias veces en pocas semanas, llegó a tocar la tapa y terminó volcándose. Si ves que el hongo ocupa ya casi toda la cámara, es el momento de retirar un capuchón o de añadir un módulo nuevo.
Basurero
El basurero debe estar separado físicamente de las cámaras de hongo. La colonia genera restos vegetales, fragmentos de cultivo agotado, cadáveres y otros residuos. En la naturaleza, A. mexicana saca toda esa basura fuera del nido y la amontona en superficie, al revés que la mayoría de las Atta (ver «La basura, a la calle»). Por eso un basurero externo, en un módulo aparte y más bien seco, es fiel a su biología.
- Deja que elijan. En cautividad conviene permitir que las hormigas elijan el receptáculo que usarán como vertedero. Una vez establecido, no cambiaríamos continuamente su ubicación.
- Fácil de limpiar. El recipiente debe poder desconectarse y limpiarse sin abrir las cámaras del hongo.
- Hongo gris o pardo en el basurero: normal. Cada porción de hongo se agota en un mes aproximadamente, así que ver salir hongo viejo, grisáceo o pardo, de forma regular es parte del funcionamiento normal del huerto, no una enfermedad.
Alimentación
Las cortadoras no comen hojas: alimentan su huerto con ellas. Por eso, en cautividad, la dieta debe ser amplia, variada y siempre libre de tratamientos. La experiencia de Antomas con Atta mexicana muestra una muy buena aceptación de diferentes plantas que se encuentran fácilmente en España.
Cuanta más hoja fresca, más hongo y más colonia. Es la filosofía de Antomas: si haces mantenimiento a diario y retiras lo que no usan, es mejor ofrecer de sobra, porque la colonia entiende que tiene recursos y crece más deprisa. Ofrece hoja fresca con regularidad, idealmente a diario en una colonia grande, y retira las hojas marchitas o secas que no hayan cortado antes de que se enmohezcan. Si no vas a poder limpiar a menudo, mejor ajustar la cantidad a lo que cortan.
Plantas que usamos en Antomas:
- Rosal (Rosa spp.). Hojas y pétalos. Uno de los recursos más útiles, siempre que proceda de una planta completamente libre de tratamientos. Además, tiene respaldo científico: el rosal fue una de las hojas preferidas por A. mexicana en el laboratorio.
- Hibisco (Hibiscus spp.). Aceptan las hojas y, según la colonia, también las flores. Los hibiscos ornamentales deben proceder de plantas que sepamos que no han sido tratadas.
- Naranjo y otros cítricos (Citrus spp., sobre todo Citrus sinensis). En nuestra experiencia funcionan bien las hojas jóvenes de naranjo, mucho más tiernas que las maduras, y la naranja como fruta se la comen bastante bien. Como matiz, en el estudio de 2020 las obreras rechazaron las hojas de mandarino, por sus características físicas más que por su química. Por eso preferimos la hoja joven y tierna a la madura.
- Almendro (Prunus dulcis). Se puede usar tanto la hoja como la flor durante la temporada, y la colonia suele trabajarlo bien.
- Morera (Morus spp.). Puede ofrecerse de vez en cuando. Las hojas tiernas suelen ser más manejables.
- Zarza (Rubus spp.). También puede entrar en la rotación. Otros criadores la citan entre las favoritas.
Ninguna de estas plantas debe ser, por sí sola, toda la dieta. La variedad permite que la colonia seleccione continuamente el material que mejor le funciona en cada momento.
En invierno. Cuando el almendro y la morera pierden la hoja, apóyate en las de hoja perenne, como la zarza, los cítricos o el hibisco, y en estos recursos, que en Antomas usamos mucho en esa época:
- Pétalos de rosa secos, que se venden ya preparados. Comprueba que sean aptos para el consumo y sin tratamientos.
- Fruta del supermercado: manzana, plátano y naranja, que se comen bastante bien.
- Verduras: lechuga, coliflor y brócoli, que aceptan bien.
- Copos de avena, sobre todo cuando hay mucha humedad en el montaje: son un recurso seco, que no añade agua.
Otras plantas que usan criadores europeos: frambueso, saúco, tilo y aligustre. No tenemos experiencia propia con ellas en esta especie: si las pruebas, empieza con poca cantidad.
Con precaución: hay plantas recomendadas en algunas tiendas o muy usadas en el hobby de las que no hay datos sobre su efecto en el hongo, como el boj, la parra virgen o el roble, rico en taninos, que en el estudio de 2026 se asociaron a las hojas menos elegidas. La hiedra contiene sustancias con actividad antifúngica conocida: mejor evitarla.
Plantas que evitar:
- Café y guayabo, que A. mexicana rechazó en el laboratorio.
- Cualquier planta tratada: flores cortadas de floristería, plantas ornamentales recién compradas o de vivero, y plantas de jardines, parques o campos que se fumigan.
- Plantas que no sepas identificar o de las que no conozcas su historial.
Frutas y verduras, como complemento. Además de hojas y flores, en Antomas ofrecemos de vez en cuando otros recursos. Entre las frutas, aceptan la manzana (Malus domestica), el plátano (Musa spp.) y la naranja (Citrus sinensis), y entre las verduras, la lechuga (Lactuca sativa), la coliflor (Brassica oleracea var. botrytis) y el brócoli (Brassica oleracea var. italica). Deben entenderse como complemento, no como sustitutos permanentes de las hojas y las flores. Por su gran contenido en agua y, en las frutas, en azúcares, conviene darlas en cantidades pequeñas y retirar los restos antes de que fermenten o desarrollen microorganismos.
Sin insectos. A diferencia de casi todas las hormigas que vendemos, las cortadoras no necesitan proteína animal: su comida es el hongo. Los azúcares que aprovechan las obreras les llegan sobre todo con los jugos de las hojas y con la fruta.
Néctar, solo de vez en cuando. No es necesario. Si quieres, puedes ofrecer un poco de néctar o de líquido azucarado de forma muy ocasional, como suplemento, más o menos cada 15 días. Siempre en un bebedero, nunca en algodón, que se enmohece y estropea el líquido enseguida, y retirando lo que sobre. No lo conviertas en una rutina: la base son las hojas.
Agua, opcional. Puedes poner un bebedero o un tubo de ensayo con agua y algodón en el forrajeo, pero no hace falta: en nuestra experiencia, sacan bastante agua del propio hongo y de la humedad que se evapora en el montaje, además de la de las hojas frescas. Lo que sí es un error grave es dejar que el hongo se deshidrate (ver «Humedad, ventilación y drenaje»).
Plantas documentadas en la naturaleza y en el laboratorio. En el desierto de Sonora usa palo verde, palo fierro, mezquite, uña de gato y gobernadora, además de plantas anuales de temporada (ver «Cortadoras con turno de noche»). En el laboratorio prefirió el rosal, Trema micrantha, Styrax glabrescens y la flor de mayo (Palicourea padifolia), cuyos extractos favorecieron el crecimiento del hongo, y eligió mucho menos el álamo mexicano y el níspero japonés (ver «Catadoras de hojas»). No hace falta conseguir estas plantas para criar correctamente a la colonia: sirven para entender lo diversa que es su dieta natural.
Seguridad de las plantas
Toda planta destinada a la colonia debe estar completamente libre de pesticidas, acaricidas, herbicidas y fungicidas. Nunca utilizaríamos flores cortadas de floristería ni hojas de plantas ornamentales recién compradas.
- Lavar una hoja no garantiza su seguridad. Muchos fitosanitarios son sistémicos y permanecen dentro del tejido.
- Las hormigas no son un control de calidad. Pueden rechazar determinados recursos, pero su capacidad de selección no sustituye nuestro control. Una planta que estén cortando tampoco debe considerarse automáticamente inocua para el hongo: un fungicida puede dañar el huerto horas antes de que reaccionen (ver «El hongo avisa: el rechazo diferido»).
- Lo nuevo, poco a poco. Por eso siempre merece la pena introducir los alimentos nuevos primero en pequeñas cantidades, y observar el hongo los días siguientes.
- Revisa las hojas. Las del jardín pueden traer pequeños inquilinos, como arañas rojas o pulgones: sacúdelas y échales un vistazo antes de dárselas.
Diapausa
Atta mexicana no necesita una diapausa fría en cautividad. Incluso las poblaciones septentrionales, que soportan inviernos relativamente frescos, mantienen el hongo en cámaras profundas donde la temperatura está enormemente amortiguada, y en Arizona siguen forrajeando de día en pleno invierno.
No enfriaríamos deliberadamente el Fungarium durante el invierno europeo. Mantendríamos aproximadamente las mismas condiciones de cultivo durante todo el año, permitiendo pequeñas variaciones naturales. La colonia puede cambiar su ritmo de forrajeo o de crecimiento, pero no necesita un periodo frío como el de una especie de clima templado.
Crecimiento y ampliaciones
Una colonia de Atta mexicana puede pasar de unos cientos de individuos a una sociedad enorme, y su sistema modular debe diseñarse desde el principio pensando en la expansión.
- Más hongo, más módulos. Cuando el jardín llene la cámara, retira un capuchón y, después, conecta una nueva cámara de cultivo. Las hormigas reparten el hongo por su cuenta.
- Conexiones anchas. Una conexión aparentemente suficiente para una minicolonia puede quedarse pequeña cuando decenas de miles de obreras intentan transportar hojas a la vez.
- Más forrajeo y más basurero. Al crecer la colonia, crecen también la cantidad de hojas que necesita y la basura que produce.
- Revisión periódica. Todas las tapas, tubos y uniones deben revisarse con regularidad.
Comportamiento en cautividad
Autopistas de hojas. Lo más llamativo es ver cómo una planta nueva se convierte en pocas horas en una corriente continua de obreras cargadas con trozos de hoja, a menudo más grandes que ellas, camino del huerto (ver «Un miligramo para dar la vuelta al mundo»).
Turnos de noche. En verano no te extrañe ver más actividad de noche que de día: en el desierto, forrajean sobre todo de noche en esa época.
Cada una a lo suyo. Las minims dentro del hongo, las medias en los caminos, las majors patrullando y defendiendo, y las basureras en el vertedero, apartadas del resto (ver «De minims a soldados: cada talla, un oficio»).
Observar sin miedo. En Antomas pensamos que las hormigas están para disfrutarlas, observarlas y aprender de ellas, no para tenerlas escondidas. Basta con observarlas con delicadeza, interviniendo y estresándolas lo menos posible. El huerto se ve a través de las paredes de la cámara, sin necesidad de abrirlo.
Señales de que todo va bien: hongo húmedo, esponjoso y en crecimiento; obreras cortando y acarreando hojas, y hongo viejo saliendo al basurero de forma regular.
Señales de alarma:
- El hongo encoge, se seca o forma costras: falta humedad.
- Gotas que caen continuamente o charcos en la parte inferior: sobra agua o falta ventilación (ver «Humedad, ventilación y drenaje»).
- Dejan de cortar de golpe una planta que antes aceptaban: retírala (ver «El hongo avisa: el rechazo diferido»).
- El hongo deja de crecer o se oscurece en zonas grandes, y la colonia lo abandona: revisa las últimas plantas que les has dado, la temperatura y la humedad.
- Las obreras se amontonan fuera del hongo, sin sitio dentro: toca ampliar.
Fugas y barreras
Una colonia grande tiene miles de exploradoras, las majors son muy fuertes y las minims pasan por rendijas diminutas. Además, en nuestra experiencia, trepan por las superficies lisas. En Antomas recomendamos:
- Una franja de aceite mineral en la parte alta de las paredes de la zona de forrajeo, fina y continua. En nuestra experiencia, funciona bastante bien como barrera. Renuévala cuando acumule polvo o restos.
- Tapas bien ajustadas en todos los módulos, y cerradas mientras no estés trabajando.
- Revisar tubos y uniones periódicamente, sobre todo después de cada ampliación.
- Respiraderos con malla fina, que deje pasar el aire, pero no a las minims.
- Nada que sirva de puente: ni hojas ni ramas apoyadas cerca de la barrera.
- Las puertas giratorias del Fungarium permiten aislar un módulo mientras lo limpias o lo amplías.
Manejo y seguridad
Las grandes majors merecen una advertencia específica. Sus mandíbulas están impulsadas por una musculatura enorme dentro de la cabeza y son capaces de ejercer una fuerza considerable. En experiencia de Antomas, los grandes soldados pueden hacer cortes capaces de atravesar la piel y hacer sangrar. No deben agarrarse con los dedos ni manipularse directamente: una major que consigue fijar bien las mandíbulas sobre la piel puede provocar una herida mucho mayor de lo que cabría esperar de una hormiga sin aguijón.
Para trabajar con colonias grandes, utiliza pinzas y un montaje que permita alimentar, limpiar y ampliar la instalación sin meter las manos entre las obreras. No juntes reinas ni colonias distintas, ni mezcles sus hongos de forma rutinaria. Es una especie exótica y, en su área natural, una plaga agrícola: en ningún caso debe liberarse.
Qué no hacer
- Pulverizar agua sobre el hongo, o dejar charcos durante días en la cámara de cultivo.
- Dejar que el hongo se seque.
- Dar hojas de floristería, de vivero, de plantas ornamentales recién compradas o de cualquier planta tratada.
- Basar la dieta en una sola planta.
- Convertir el néctar en una rutina: basta, si acaso, con algo cada 15 días.
- Insistir con una planta que han dejado de cortar.
- Tener a la reina o el hongo por encima de 30 °C de forma continuada: la reina puede quedar infértil. Tampoco al sol directo.
- Abrir, desmontar o fragmentar el jardín para ver su interior.
- Mezclar las hormigas del tubo de refuerzo con las de la colonia: hay que quitarlas antes de usar ese hongo.
- Juntar reinas, que se matan entre ellas, o juntar colonias distintas.
- Mezclar hongos de colonias distintas de forma rutinaria.
- Descuidar la barrera de aceite o dejar rendijas: trepan por superficies lisas.
- Poner el basurero dentro de la cámara del hongo, o cambiarlo de sitio continuamente.
- Confundir el hongo gastado que sale al basurero con una enfermedad.
- Hacerle una diapausa fría.
- Quedarse sin espacio: no ampliar a tiempo.
- Agarrar a las majors con los dedos.
Fuentes científicas
Esta ficha se ha elaborado a partir de la bibliografía científica sobre Atta mexicana y las hormigas cortadoras de hojas, en especial de los censos de campo de A. C. Mintzer en el Organ Pipe Cactus National Monument (Arizona), publicados en Park Science en 2018 (acceso abierto), y de la experiencia de Antomas y de otros criadores. Referencias principales:
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- Infante-Rodríguez, D. A. et al. (2020). Phytochemical characteristics of leaves determine foraging rate of the leaf-cutting ant Atta mexicana (Smith) (Hymenoptera: Formicidae). Chemoecology 30: 147–159. doi:10.1007/s00049-020-00306-4
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- Dificultad
- Experimentado

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